Enigmas.
Son bellos. La revolución cubana los ha hecho bellos. Estoy segura de que eso nunca se contabiliza en los triunfos de la revolución, quizá porque allá dentro ni siquiera lo han notado. Y no sé si los extranjeros nos hemos dado cuenta de ello, pero para mi resulta clarísimo. Si son altos debe ser porque han estado bien alimentados, ellos y sus padres. Son estirados y con hermosa musculatura porque el país de latinoamerica con más medallas olímpicas no las obtuvo poniendo a sus niños a jugar nintendo. Y son una mezcla de todos los posibles. En un lugar donde casi no es tema de que color eres y con quien te casas, los hijos son morenos con enormes ojos claros o las niñas son rubias y tienen unas maravillosas cabelleras con afros naturales y espaldas estrechas y caderas amplias. Y los tonos de piel son infinitos. Y, en fin, son bellos y arrogantes y usan ropas breves porque siempre hace calor. Quizá todas las explicaciones se me ocurren desde mi punto de vista romántico... qué le voy a hacer si no tengo otro lugar desde donde mirar.
Esos jóvenes bellos y arrogantes están en una carretera desierta, con unos autos franceses o alemanes, jugando a los arrancones. Son las cuatro de la madrugada y ahí están, vestidos provocativamente, con los faros de los autos apagados, mirando como un par de conductores desafían al viento y a la decencia y a todos los sentidos comunes, alejándose a más de 200 kilometros por hora.
Arrancones. En la madrugada de un día laboral. Hace dos semanas, un médico está varado en la Habana sin poder salir a provincias porque no hay gasolina para los vehículos.
Mi mirada atónita de turista rumbo al aeropuerto, de regreso a casa, se queda pescada de la escena mientras nos alejamos en el taxi. En medio de gran estruendo nos rebasa otro par de hijos del viento y de la revolución.