Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

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Piso 462

Piso 462

Marieta había estado buscando trabajo por mucho tiempo. Ninguna oferta le atraía lo suficiente y además decía, que jamás aceptaría algo que la aburriera en lo más mínimo. Sostuvo eso firmemente, por lo tanto, la búsqueda duró meses.  

Un martes, caminando desolada por las banquetas, encontró en un poste de luz un papel que decía:

Se busca miradora.


Sus ojos pegaron un salto cuántico. Su corazón se aventó una marometa. 

El empleo consistía en mirar. Qué mejor empleo para una mujer que no sabe hacer nada más que mirar. 

Se busca miradoraTorre Alfiler. Piso 462.


Tomó el camión y llegó a la Torre Alfiler. Subió hasta el piso 462, el último piso del edificio, el punto más alto de la ciudad, tal vez el más alto del mundo. Fue la única persona que asistió al reclutamiento, pues la gente en esa ciudad se ha olvidado casi por completo del oficio que es mirar. 

Comenzó al siguiente día. Su labor era casi como ser la portera del edifico, pero a nivel nube. Tenía que dar cuenta de todo lo que pasaba a esa altura. Marieta no podía creer aún lo fascinante de su empleo. Miraba, pensaba, se sumergía en el aire, tocaba a las aves, saludaba a los pilotos de avión que pasaban cerca, y a veces escupía chicles.

Su vida se había volcado a ser 99% hermosa. No sabemos a ciencia cierta todo lo que hacía desde allá, pero cuando veíamos sus ojos, siempre estaban repletos de encantamiento. 

La emoción duró bastante poco, y terminó el día en que un ligero movimiento telúrico le recordó, que por muy lejos que estuviera de la Tierra, seguía pegada a ella y que si ésta se movía, ella se movía también. A partir de ese momento, uno de sus miedos la comenzó a invadir ferozmente: 

El miedo a los temblores.


Subir a diario hasta el piso 462, poco a poco la fue llenando de pánico. La idea de que un día, el menos pensado, la tomara por sorpresa un terremoto y el edificio cayera en millones de pedazos, y ella saliera volando por los aires hasta ir a parar hasta quien sabe donde y sin vida; la dejaba estática.

Pasó meses así, cada vez se alimentaba peor, miraba menos, su mente sólo funcionaba para aniquilar cualquier brote de inspiración y recrear las escenas más crueles. Todo fue deformándose insistentemente. Por las mañanas, al tomar el elevador, rezaba, no sabía a quién exactamente, pero rezaba. Las jornadas en el piso 462 comenzaban a hacerse eternas. Confundía sus mareos por la falta de alimento con el inicio del desastre y se paralizaba. Su trabajo hermoso era entonces el peor de todos. El más triste. 

Los últimos meses se habían convertido en un simulacro, y ella, en un soldado esperando una guerra que tal vez, no llegaría nunca, o sí.

No pudo más. Un día se levantó de su cama, totalmente decidida. Fue a la Torre Alfiler, subió al piso 462 y pidió su renuncia, Nunca dijo la verdadera razón, porque según ella era estúpido argumentar:

Renuncio porque le tengo miedo a los temblores.

(porque le tengo miedo a la vida)

Sólo dijo que había encontrado “algo mejor”, que muchas gracias y adiós.

Actualmente trabaja vendiendo boletos en una estación del metro, pues refugiarse en el subsuelo, es una forma de asegurarse que no hay edificio del cual caerse. Sin embargo, la última vez que la vieron, dijo que estaba pensando en renunciar otra vez, pues ha imaginado que algún día, la ciudad quizás se inunde y ella, pueda morir ahogada.

Fluoxetina

 

Sacudida

Temblar. (Del lat. tremulāre). 1. intr. Agitarse con sacudidas de poca amplitud, rápidas y frecuentes. 2. intr. Tener mucho miedo, o recelar con demasiado temor de alguien o algo. U. t. c. tr. Lo tembló el universo entero. 3. intr. Dicho de la tierra: Sacudirse como consecuencia de movimientos sísmicos.

Eso de los temblores me era un tanto ajeno. En 1985, cuando la capital de mi país se quedó sepultada en concreto y acero, yo vivía a varios miles de kilómetros de ella, pero no por ello dejó de impresionar mis ojos infantiles el desorden creado por las imágenes de la tv.

En 1996 sentí mi primer temblor de tierra como esa sacudida que te hace replantearte si haber bajado silbando en los simulacros escolares fue sido una buena idea. Ví el agua de una alberca salirse sólo porque la placa tectónica en la que estaba asentada parecía tener comezón. Y luego de sentir algo así, la seguridad de que todo lo puedes flaquea un poco, cómo no.

Total, que me fui volviendo un poco más susceptible a los movimientos telúricos pero de una manera poco común: cuando estoy en zona sísmica rara vez me doy cuenta de que está temblando la tierra. En realidad, pocas veces los siento por mí misma y sólo los detecto cuando alguien empalidece y sale corriendo de la oficina en la que estemos. Entonces, mi instinto protector aparece y generalmente comienzo mis oraciones con un "Vamos, no te asustes, ahora se termina el movimiento". Vaya, casi disfruto culposamente el vaivén que se siente en la versión oscilatoria y el cosquilleo de la sacudida trepidatoria.

Pero el asunto más curioso ocurre cuando no estoy en mi encimoso-de-placas país, sino en lugares donde la gente jamás ha sentido un temblor de tierra y, por tanto, no hay paranoia en absoluto. Cuando estoy reconociendo otros rincones de mi Madre Tierra no me pasa pocas veces que, de repente, me siento mareada o tengo la impresión de que las cortinas se balancean. Y volteo a mi alrededor y la gente sigue su paso mientras yo me congelo instantáneamente y me siento turbada (y un poco tonta, también).

He acudido a varios médicos buscando alguna respuesta sobre este vértigo mental y han sido respuestas mediocres: El otorrinolaringólogo me dijo que no tengo oído de nadador ni inflamación del tímpano. El neurólogo me recetó un tratamiento para la migraña; la buena noticia es que ésta se fue, pero no ha habido cambio respecto a mis percepciones trémulas. La psiquiatra me hizo unos tests de personalidad y me sentenció: "Naciste en una cesárea, ¿verdá? Mira, contesta este cuestionario, toma estas 'vitaminas para el ánimo' y regresa en una semana para que me platiques más". Ni tiempo me dio de decirle que me eché el tour completo por el canal de parto... Bueno, pues de plano hice una consulta seria a una numeróloga quien, analizando las cantidades que resultan de misteriosas cuentas me habló de olas en el mar, barcos, marinos y sirenas, habiendo mi alma ya pasado por algunas vidas acuáticas.

Me dejó pensando si sería algún karma que me persigue cuando viajo ¿será que no he aprendido algo de la música del océano? O, cuando fui sirena ¿enamoré y ahogué a muchos marineros? Y en eso iba pensando mientras recorría las calles de cierto rincón de rascacielos cuando sentí la sacudida. Me detuve un momento para sentirla de verdad y ver si el movimiento me provocaba algún pensamiento desempolvado. Y sí, en un momento del temblor interno me di cuenta de un patrón: siempre me suceden cuando ya me voy de esos rincones y vuelvo al que considero mío. Y me di cuenta de que, es verdad, mucha de la felicidad depende del movimiento.

Alma Desangrada

Un temblor en mi tierra me ha desgarrado el armazón. Me hace pensar en lo inútil de mi pasión. Qué breve es la vida. En un minuto se apaga. Se apaga.
 
Lánzame a lo desconocido para experimentar un poco de emoción. Quiero ser un segundo esquivo, para así poder sudar el corazón. Agua clara inunda mi ciudad desperdiciada. Mientras la tierra se raja en cuatro almas.
 
¿Dónde están Zeus y Poseidón cuando tanto los necesito? Quiero sho que el Reino de Hades se hunda en el más remoto de los infiernos. Es un temblor más jodón que los temblores de Parkinson... Y me desgarran peor que a Haití y a mi tierra amada. Me hacen mi alma cantos, tiran a la basura mi alma desangrada.

Lorenzo Del Valle Cortado