Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

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Mi primera vez

Quino


Cuando me imagino haciendo un viaje siempre me imagino sola, no sé porqué, quizá porque he visto muchas películas y por momentos mi realidad la mezclo con cosas que veo, que leo o que me cuentan. Supongo que a todos nos pasa.

Hay algunas soledades que me gustan. Entonces me imagino a mí, sola y viajando, y se prende en mi una chispita feroz en todo el cuerpo. Salto.

No puedo escribir esto sin dejar de pensar que en un mes y medio voy a hacer mi primer viaje fuera del país, sola. Tal como lo había soñado, a un lugar, que en algún rincón de mi mente he buscado o imaginado, y que por suerte me han dicho que sí existe.

Para mi hacer este viaje, de esta forma, significa muchas cosas; significa sobre todo que puedo representar en mi, en alguna dimensión, la libertad y la independencia, y la fuerza, porque creo en ella.

Me da pavor pensar que pueda regresar de mi viaje sin haber cambiado un poco, sin haberme mojado. Por momentos creo que la capacidad de asombro ha huido de mí, y entonces mis pensamientos infantiles me dicen: "Sí, huyó pero se encuentra allá, ¡corre!, no pares".

Después pienso, ¡Qué bueno que el Planeta Tierra es tan grande!, porqué en ciertos momentos de nuestras vidas nos da la esperanza, que en algún sitio, después de la Gran Explosión, quedó regado por ahí un cachito de nosotros y lo que nos queda, es ir a buscarlo. ¡A viajar!.

Cosmópolis

La fiesta de bodas se había alargado hasta la madrugada. En unas cuantas horas debían abordar un vuelo a Los Ángeles y, de ahí, a San Francisco. Ambos estaban entusiasmados, no sólo por la aventura de ser una pareja ante todas las leyes sino porque irían de viaje lejos, lejos.

Abordaron el avión de United Airlines y el viaje a LA fue casi imperceptible. Tanto como lo es el tiempo para los recién casados. Luego de pasar los trámites migratorios y aduanales de rigor, llegaron a la sala de espera del segundo vuelo sólo para notar que saldrían retrasados.

- "¡Bueno!" se dijeron, y siguieron mirándose enamoradamente.

La sorpresa primera fue que, más que un avión, el transporte era una avioneta de hélices, retacada y calurosa, situación que hubiera sido menos dramática si no fuera porque el resto de los pasajeros era el equipo de natación de Berkeley University en pleno ¡y sin bañar!

-"Qué bueno que no estoy embarazada porque seguro vomitaría todo el vuelo" pensó ella Él puso su mejor cara y llegaron cansados pero con buena actitud a la oriental ciudad americana.

Al abordar el taxi, él amablemente quiso hacerle plática al taxista, quien, al ser cuestionado por las exposiciones culturales de San Francisco, se enfureció y con un fuerte acento de medio oriente exclamó:

- "¡Qué cultura van a tener aquí estas... personas! ¡Si no hacen más que copiar a las verdaderas culturas como la mía!"

La pareja asintió en silencio, más impactada por la velocidad a la recorrían las emblemáticas colinas de San Francisco, literalmente presa del molesto conductor, quien abusó de su estatus de taxista (sí, parece que son iguales en todo el mundo) e iba a más de cien kilómetros por hora, haciéndolos rebotar en el asiento trasero, asidos de las manos, ya sudorosas. El silencio se impuso, no querían perturbar más al conductor anti yanqui.

Llegaron a un bonito hotel en el Fisherman's Wharf cerca de la media noche. Sólo querían una habitación, comida y sueño. Y estaban dispuestos a pagar hasta un servicio a cuarto con tal de sobrellevar la punzada del hambre. Los ingenuos pensaban que en esa ciudad primermundista los turistas tenían la venia de comer a la hora que quisieran: craso error de percepción.

- "La cocina cerró a las 11 pero a la vuelta pueden encontrar un Seven Eleven", les dijo el encantador -y bueno para nada- concierge.

Dejaron sus "chivas" y salieron arrastrando los pies a buscar el dichoso supermercado. Saltando borrachos y drogadictos lograron conseguir algo medio digno: un sándwich de pollo frío y una mini charola de sushi reseco.

- "Ahora que recuerdo, como es luna de miel, la agente de viajes me dijo que nos mandarían una charola con fruta a la habitación. Creo que la vi cuando dejamos las maletas", dijo él en un esfuerzo por superar las primeras adversidades que representa viajar a lo desconocido con una cuasi desconocida.

En efecto, sus caras se iluminaron cuando descubrieron no sólo fruta sino una botella de vino espumoso arrinconada en su cuarto. Sin mucho pudor la empinaron hasta que no quedó nada para acompañar su exquisita cena. O, bueno, ya no lo recuerdan bien, seguramente.

Lo que sí recuerdan es que, a la mañana siguiente, despertaron con una leve resaca que casi desapareció por el susto de sentirse observados: la mucama había entrado sin tocar (probablemente tocó pero no con la suficiente fuerza para despertarlos de la borrachera amorosa y alcohólica) y sólo alcanzó a exclamar:

-"¡Oh Dios! ¡Disculpen, disculpen!" Mientras salía apresuradamente otra vez.

Ellos se miraron con la cara hinchada y, sin poderse contener, soltaron la carcajada. ¡Definitivamente tenían algo más que contarle a su descendencia!

A ese viaje se aunaron más anécdotas curiosas y risibles, casi novatadas para los jóvenes esposos. Entre ellas, el cierre de los restaurantes a las 2 de la tarde porque "ahí el lunch es de doce a una", lograron entender entre farfulleos en inglés. O, mejor aún, la incapacidad de conseguir un taxi en la calle porque todos requerían ser pedidos por teléfono... ¡Y quién lleva un teléfono de taxis a su viaje de bodas!

-"Las ciudades cosmopolitas no son como las pintan." dijo ella en un dejo de mal humor, mientras caminaban los varios kilómetros que les quedaban para llegar de vuelta a su hotel.

-"O tal vez hemos visto demasiadas películas ambientadas en Nueva York", dijo él, filosofando.

Y siguieron caminando de la mano las subidas y bajadas san franciscanas. "¡Pero qué genial será aterrizar en Honolulu en un par de días!" Pensaban ambos.

Y sus aventuras, sin duda, no pararon en Hawaii. Pero de ahí, les cuento otro día.

Viajeros en el tiempo

Todos somos viajeros en el tiempo

Sin ápice de ficción nos movemos a través de lo que Stephen Hawking llama “la cuarta dimensión”.

Cuando viajas a pie, aunque camines poco, notas cambios a tu alrededor. Los “viajes” en las grandes ciudades, aparte que son caros si los hacen en taxi, nos llevan a través de múltiples paisajes, aunque no los veamos: abordas el metro en la Tapo y sales a otro mundo en Salto del Agua o en la estación Polanco. Pon el nombre de las estaciones del transporte subterráneo de otra ciudad y el resultado lo imagino similar.

Si tu periplo es amplio, cruzas mares, sobrevuelas desiertos o altas cordilleras, traspones fronteras, visitas culturas diversas, escuchas idiomas totalmente distintos: eres viajero con grandes privilegios.

Pero ¿qué pasa con alguien que no sale de su pueblo natal? ¿acaso no es viajero por vivir veinte años en el mismo sitio? No sé antes, pero en esta época que personas con poca imaginación han dado por llamar posmodernismo, quien no ha salido de su pueblo puede vivir más cambios que quien viaja de un hemisferio a otro para comer en un “Kentucky Fried Chicken” de este o aquel lado de un océano.

¿Recuerdas cómo era tu mundo hace veinte años? Si no tienes tantos, sólo ocho y ya lees este escrito ¿recuerdas hace tres que no estabas en primaria y no sabías leer?

Afirmo: todos somos viajeros en el tiempo y el viaje puede ser más largo y más variado que el vuelo de aquel que recorre distancias.

¡Ah! Y el viaje no se acaba ¡hasta que se nos acabe el tiempo!

Al Encuentro con Mi Musa

Lamusa2


 

 



Llegué a su ciudad con el corazón a punto de infartar. Mi pulso amenazaba con romper el odómetro. Traté de mantener la calma; después de todo, tanto amor espanta.
 
Me baje del bus con la prisa de un típico neoyorquino. De momento, mis compañeros de viaje me parecieron los seres más lentos del mundo. Me parecía un maratón de tortugas.  Agarré mi equipaje, desesperado por lanzarme al encuentro. Al encuentro con mi musa. Esa mujer que me ha hecho volver a escribir con la pasión y furia de un volcán islandés. Esa mujer que me hace sentir que el amor, después de todo, no es un cliché.

Me acomodé la cabellera en un inútil intento por lucir presentable. Inútil porque sé que no le gusta mis greñas largas. Inútil porque sé que no figuro en su lista de galanes, aunque sí en su lista de amantes.

 
Traté de brincar por encima de mi compañera de viaje, una jovencita gringa que horas antes, amenazaba,  en la borrachera de su sueño, con echar todo el peso de su cabeza en mi clavícula: otra tortuga en el maraton de tortugas.
 
Recuerdo que en el camino, iba creando supuestos escenarios: ¿Y si cuando la vea me encuentra feo?  ¿Y si cuando la vea, ya amor no siento? ¿Será tan bella como me dice el recuerdo?

Todas esas interrogantes me alteraban la calma. Traté de dormir en varias ocasiones, pero sólo pensaba que faltaban pocas horas para el encuentro. El paisaje de su pintorezca ciudad me parecía más grato que los rascacielos de mi Gran Manzana, siendo, al mismo tiempo, un recordatorio que el momento se acercaba. Aún así, traté de mantener la calma: tanto amor espanta.

Cuando medito en la locura de este amor, pienso en la utilidad de tanta pasión. Hasta que llego a la conclusion de que el amor es belleza, y la belleza es arte. Y el arte es asi, hermoso, pero sin un carajo de utilidad. Me digo entonces que el amor es un arte y como arte debe ser contemplado

Cuando la vi, todas mis dudas se fueron por el barranco. Cuando la vi, toda la locura del amor fue expuesta en el escenario. La amo apasionadamente, desesperadamente, infantilmente...incondicionalmente. El recuerdo no me habia traicionado.


Mi musa vestía un vestido amarillo y zapatos azules. La mujer más colorida sobre la faz de la tierra.

Me fundí con ella en el más intenso de los abrazos.

"Hola Guapo"

Yo no dije nada. O si dije algo, no recuerdo. Yo solo sentía ganas de llorar. Así de abrumador es el amor que siento.

En Nueva York Ciudad, Mayo de 2010