La fiesta de bodas se había alargado hasta la madrugada. En unas cuantas horas debían abordar un vuelo a Los Ángeles y, de ahí, a San Francisco. Ambos estaban entusiasmados, no sólo por la aventura de ser una pareja ante todas las leyes sino porque irían de viaje lejos, lejos.
Abordaron el avión de United Airlines y el viaje a LA fue casi imperceptible. Tanto como lo es el tiempo para los recién casados. Luego de pasar los trámites migratorios y aduanales de rigor, llegaron a la sala de espera del segundo vuelo sólo para notar que saldrían retrasados.
- "¡Bueno!" se dijeron, y siguieron mirándose enamoradamente.
La sorpresa primera fue que, más que un avión, el transporte era una avioneta de hélices, retacada y calurosa, situación que hubiera sido menos dramática si no fuera porque el resto de los pasajeros era el equipo de natación de Berkeley University en pleno ¡y sin bañar!
-"Qué bueno que no estoy embarazada porque seguro vomitaría todo el vuelo" pensó ella Él puso su mejor cara y llegaron cansados pero con buena actitud a la oriental ciudad americana.
Al abordar el taxi, él amablemente quiso hacerle plática al taxista, quien, al ser cuestionado por las exposiciones culturales de San Francisco, se enfureció y con un fuerte acento de medio oriente exclamó:
- "¡Qué cultura van a tener aquí estas... personas! ¡Si no hacen más que copiar a las verdaderas culturas como la mía!"
La pareja asintió en silencio, más impactada por la velocidad a la recorrían las emblemáticas colinas de San Francisco, literalmente presa del molesto conductor, quien abusó de su estatus de taxista (sí, parece que son iguales en todo el mundo) e iba a más de cien kilómetros por hora, haciéndolos rebotar en el asiento trasero, asidos de las manos, ya sudorosas. El silencio se impuso, no querían perturbar más al conductor anti yanqui.
Llegaron a un bonito hotel en el Fisherman's Wharf cerca de la media noche. Sólo querían una habitación, comida y sueño. Y estaban dispuestos a pagar hasta un servicio a cuarto con tal de sobrellevar la punzada del hambre. Los ingenuos pensaban que en esa ciudad primermundista los turistas tenían la venia de comer a la hora que quisieran: craso error de percepción.
- "La cocina cerró a las 11 pero a la vuelta pueden encontrar un Seven Eleven", les dijo el encantador -y bueno para nada- concierge.
Dejaron sus "chivas" y salieron arrastrando los pies a buscar el dichoso supermercado. Saltando borrachos y drogadictos lograron conseguir algo medio digno: un sándwich de pollo frío y una mini charola de sushi reseco.
- "Ahora que recuerdo, como es luna de miel, la agente de viajes me dijo que nos mandarían una charola con fruta a la habitación. Creo que la vi cuando dejamos las maletas", dijo él en un esfuerzo por superar las primeras adversidades que representa viajar a lo desconocido con una cuasi desconocida.
En efecto, sus caras se iluminaron cuando descubrieron no sólo fruta sino una botella de vino espumoso arrinconada en su cuarto. Sin mucho pudor la empinaron hasta que no quedó nada para acompañar su exquisita cena. O, bueno, ya no lo recuerdan bien, seguramente.
Lo que sí recuerdan es que, a la mañana siguiente, despertaron con una leve resaca que casi desapareció por el susto de sentirse observados: la mucama había entrado sin tocar (probablemente tocó pero no con la suficiente fuerza para despertarlos de la borrachera amorosa y alcohólica) y sólo alcanzó a exclamar:
-"¡Oh Dios! ¡Disculpen, disculpen!" Mientras salía apresuradamente otra vez.
Ellos se miraron con la cara hinchada y, sin poderse contener, soltaron la carcajada. ¡Definitivamente tenían algo más que contarle a su descendencia!
A ese viaje se aunaron más anécdotas curiosas y risibles, casi novatadas para los jóvenes esposos. Entre ellas, el cierre de los restaurantes a las 2 de la tarde porque "ahí el lunch es de doce a una", lograron entender entre farfulleos en inglés. O, mejor aún, la incapacidad de conseguir un taxi en la calle porque todos requerían ser pedidos por teléfono... ¡Y quién lleva un teléfono de taxis a su viaje de bodas!
-"Las ciudades cosmopolitas no son como las pintan." dijo ella en un dejo de mal humor, mientras caminaban los varios kilómetros que les quedaban para llegar de vuelta a su hotel.
-"O tal vez hemos visto demasiadas películas ambientadas en Nueva York", dijo él, filosofando.
Y siguieron caminando de la mano las subidas y bajadas san franciscanas. "¡Pero qué genial será aterrizar en Honolulu en un par de días!" Pensaban ambos.
Y sus aventuras, sin duda, no pararon en Hawaii. Pero de ahí, les cuento otro día.