Sí, ya sé que me estoy volando el título de una canción melcochosa de Hernaldo Zúñiga. Y no es la única que citaré aquí. Tiene una explicación: cuando el tema entró en debate me vino a la mente ésta y otra canción, mucho menos conocida la segunda.
La segunda canción es, por mucho, casi un himno personal. Ni siquiera sé el nombre real y sólo recuerdo el estribillo, cantado en mi época de pubertad y, apenas, conseguí el nombre de la autora:
"Y es que soy nómada y mi tierra es el camino, mi casa cada amigo..."
Es de Elia Freta y no existe ni en YouTube. Triste caso porque me gustaría recordar un poco más de la melodía y la letra. Pero me desvío del tema.
Esta canción se volvió casi un mantra porque, en realidad, no sé bien a bien cuál podría considerar mi patria: Toda mi vida ha transcurrido en movimiento continuo entre casas, ciudades y países. Parece que en mi programación el buen Dios puso el chip "inquietud" y se transformó en mi modus vivendi, haciéndome pasar ya por 4 ciudades de residencia, más de 5 instituciones educativas e innumerables amigos que se han ofrecido para ser mi casa.
Creo que es por eso que no me siento perteneciente a nada ni a nadie en concreto. A veces ni me pertenezco a mi misma. Voy por todos lados con ojos extranjeros, casi siempre observando lo que me rodea y absorbiendo información terriblemente parecida al "spam" del correo electrónico. Y me desgasto develando datos porque sé -por experiencia- que entre tanta innecesariedad voy a encontrar un tesoro, algo que me será útil alguna vez y me hará sentir, por un momento, que pertenezco a ese instante del tiempo y el espacio en el que se conjugue mi memoria con la curiosidad ajena. Ahí brillo. Y también, cuando no tengo la respuesta siempre puedo justificarme "no soy de aquí". ¿Entiendes mi razonamiento maquiavélico?
Esta inquietud, sólo abrevada momentáneamente, me ha hecho crecer con el corazón hecho un condominio, donde muchas almas tienen cabida y casi siempre se marchan por voluntad propia. He aprendido a ser yo misma la casa de mis amigos y, a pesar de que nunca dejan el lugar como lo encontraron (y muchas veces ni siquiera apagan la luz ni cierran la puerta), pocas ocasiones he resentido ni la llegada ni la huida.
Ahora, tengo que aceptar que, por ratitos, también me descubro pensando cómo sería establecerme de una vez. Y, generalmente, no logro visualizarme envejeciendo en una sola comarca sin morir de aburrimiento.
En cambio, veo claramente que los corazones son portátiles y pueden ir y venir tanto como a los medios -de transporte, virtuales y económicos-, se los permitamos. Advierto: cuando veo entrada, me hago un huequito entre la tierra del camino y me instalo campantemente en un trocito espacial del corazón ajeno. Así que, a la vez que tengo una nueva patria, sigo siendo expatriada de las tierras a las que siempre vuelvo pero en las que nunca me quedo demasiado. Y continúo caminando, siguiendo la delgada línea entre el espíritu libre y el vértigo de caer de donde nunca quiera ya salir. De hacer patria en un solo corazón y traicionar mi nomadismo.