Cae, cae, cae
El papalote, cae, cae, cae, cae, cae, cae
Se va a bolina la imaginación
buena cuchilla lo picó.
Silvio Rodríguez
A las 4 de la madrugada súbitamente, Inés despertó de un salto. Sintió algo raro en su cuerpo. Se dirigió al espejo y notó se le había caído todo el cabello y la imaginación se le había acabado por completo.
Salió a la calle en camisón y descalza gritando: ¡MI CABELLO, MI IMAGINACIÓN!. Intentó no llorar, pues temía que las lágrimas se le terminaran también. Sintió una abrupta naúsea, se detuvo en una esquina y de pronto, comenzó a vomitar lo último que le quedaba en el estómago. No entendía nada. Sin cabello y sin imaginación todo era más difícil.
Siguió caminando y se percató, de que había cientos de pájaros muertos regados por el asfalto. La gente los recogía en bolsas de plástico y los echaban en camiones de basura. Se inquietó demasiado. Intentó volver a casa pero también había perdido la fuerza en las piernas. Entonces se sentó en una banqueta hasta quedarse dormida. A media mañana, los rayos del Sol sobre la cara la despertaron. Tenía calor, pero no sudaba, su piel se agrietaba. Su boca estaba seca. Ella estaba seca.
Logró levantarse, y aún sin fuerza comenzó a caminar, pero se caía. Caminó por horas sosteniéndose de lo que hubiera a su paso. Llegó la noche, y ella seguía sin encontrar de nuevo su casa. Estalló en llanto. Continuó llorando por cuadras enteras y se dió cuenta de que el llanto era tal vez, lo único que no iba a acabarse nunca.
Avanzó muchas calles más, hasta que reconoció la puerta de su casa. Entró y lo quiso tomar un poco de agua. Abrió la llave del grifo pero no cayó gota alguna. Rendida, se recostó en una orilla de la cama. Entonces lo sintió: era la segunda vez en su vida que se sentía tan abandonada. Cerró los ojos y sólo esperó a que el sueño la trepara, y la fugara de ese momento.
…
Cuando abrió los ojos, a la siguiente mañana, Inés vió a Tomás sentado del otro lado de la cama. Él la observaba, y ella se acercó a él. Volvió a estallar en llanto y dijo:
-Tomás, ¿qué ha ocurrido?, ¿dónde estabas?. No sabes todo lo que me pasó ayer. Mírame. ¿porqué me has dejado sola todo este tiempo?
Tomás la miró, y azorado le dijo. “Querida, tu memoria es el prostíbulo de tus delirios. Yo he estado aquí todo el tiempo. ¿No recuerdas?; esa noche antes de dormir, nosotros mirabamos la TV, y en el noticiero anunciaron la Muerte de los Vientos. Señalaron que todas las aerolineas iban a desaparecer, y miles de especies de pájaros caerían sobre nuestras cabezas. Después, sólo apagamos las luces y dormimos abrazados, revueltos en la incertidumbre. A las 12 de la noche, te paraste de la cama aventándolo todo, abriste el juguetero, sacaste tu papalote y lo acuchillaste hasta sacarle las tripas. Traté de detenerte pero me amenazaste. Te tomé por la espalda, te arranqué de las manos el cuchillo y te desvaneciste. En la madrugada te levantaste, te miraste al espejo, y saliste corriendo”
“Tomás, ¡perdí la imaginación y el cabello, me siento tan vieja! –Inés balbuceó entre sollozos, y hundida en sus palabras continuó- Lo sabía, sabía que esto llegaría tarde o temprano. ¿Sí escuchas lo que te digo, Tomás?”
Tomás, apabullado contestó, “Inés, y yo te estoy diciendo que acribillaste a tu papalote, ¿y no me dices nada?.”
-¡Qué dices, Tomás!, dijo Inés levantando la voz.