No-poesía
que imagino claros
no es una poesía,
una poesía
que es bella...
simplemente existiendo.
Duermes con antifaz.
Como si estuvieses en un baile de disfraces.
Duermes protegiéndote de la claridad.
Mientras te observo, escribiéndote poesía de kindergarten.
Esa mascara solo acentúa tu belleza.
Esa cara que de solo mirar, embelesa.
Esa divinidad que no me canso de admirar…
Bajo un eclipse en Tenochtitlán.
Bajo un aguacero en San Juan.
Duermes con antifaz.
Y no me canso de admirar.
No me canso de soñar.
No me canso de amar.
No me canso de adorar.
El cuarto donde durmió Gabriel, con no más de cuatro años de construido, era una de esas aulas prefabricadas del CAPFSE: buen material, techo de dos aguas de cemento colado, ventanas con láminas plásticas traslúcidas, buen pizarrón para gis y una banqueta de setenta centímetros rodeando la construcción por sus cuatro lados. Frente a la puerta de entrada una minúscula área plana, en forma ligeramente triangular, no mayor de cuatro metros cuadrados. Hacia el lado izquierdo el terreno descendía rápidamente y hacia la derecha ascendía, de modo que en la parte posterior del aula el terreno casi alcanzaba la altura total del salón de clase. Del vértice da la pequeñísima explanada salía la vereda que conducía a la puerta de golpe del terreno escolar, por la cual se accedía al camino de herradura que, subiendo siempre, unía al pueblo con la comunidad vecina.
Ese día, que sería el primero del curso escolar, amaneció lloviendo, pero a las siete y media de la mañana, aunque la humedad era mucha, no había lluvia, aunque sí una ligera neblina.
Gabriel aprovechó que había escampado, salió al camino de herradura y dio cinco largos silbatazos para llamar a los alumnos a clase. Desde la primera vez que llegó a la comunidad con el maestro anterior había quedado claro que las clases iniciarían el dos de septiembre a las ocho de la mañana. Los silbatazos le parecieron suficientes al profesor Romero para llamar a clase.
Pasaron los minutos y no llegó ningún alumno. Gabriel esperó sin preocuparse hasta las siete cincuenta, hora en que empezó a perder la tranquilidad. A las ocho en punto de su reloj de pulsera volvió a salir al camino de herradura y sonó su silbato otras cinco veces en forma prolongada. Tres o cuatro minutos después llegó el primer alumno, un niño como de ocho años, que tímidamente se sentó en la banqueta que rodeaba la escuela sin apenas saludar. El maestro decidió esperar un poco más. Pasadas las ocho y media sólo habían llegado cuatro alumnos: tres varones entre los ocho y doce años y una niña posiblemente de seis que no habló en toda esa mañana, ni en ninguna de la primera semana de clase, hasta el punto que Gabriel llegó a pensar que no sabía hablar todavía. Ese día no llegó nadie más. No tardó Gabriel más de media hora en darse cuenta que ninguno de los cuatro niños sabía leer, pero decidió que ese dos de septiembre no valía la pena empezar a enseñarles. Ya tendría toda la tarde para pensar cómo lo haría a partir del día siguiente.
¿Cuánto vale tu silencio?
¿Mil monedas de tu gran esfuerzo?
¿Treinta vidas paseando por los mismos campos?
¿Nueve meses entre tantos vientres?
¿Cuánto vale una sonrisa?
¿Mil lagrimas desesperadas?
¿Diez mil vueltas en la noria de la vida?
¿Cuánto vale mi compañía?
¿Siete gritos y peleas matutinas?
¿Amenazas y manipulaciones en nombre del amor?
¿Cuánto vale tu silencio cada mañana?
La espera constante de todos los días..
La espera amarga de todas las noches…
Espera, espera, espera...
De eso se ha vivido tres años...
Espera
Es hora de olvidar
Es hora de vivir
Es hora de vivir aquí ahora
¿Cuánto vale la vida?
No tiene valor calculado
¿Cuánto vale la felicidad?
La belleza de una rosa.
Quiero mostrarte mi mundo.
Mi génesis.
Para que comprendas de donde vengo.
Para que lo pongas todo en contexto.
Para que sepas en el mar que te estás metiendo.
Quiero mostrarte mi mundo.
Donde abrí por primera vez los ojos.
Donde espero por última vez cerrarlos.
Donde el amor siempre se muestra entero
Quiero mostrarte mi mundo.
Para que comprendas mis cuentos.
Para que comprendas mis enredos.
Para que conozcas mis cielos.
Para que conozcas mis infiernos.
Quiero mostrarte este tercer mundo, con ínfulas de primero.
Para que sepas que el sol aquí pica, pero que también se lleva por dentro.
Para que comprendas que aunque se cambian las erres por las eles…
También nos dejamos llevar por el deseo.
Para que comprendas porque te amo, con fervor eterno.
Para que conmigo vueles, y brinques...
En el lugar donde una vez se escribió mi primer verso
Quiero mostrarte, ese lugar bello que llevo dentro.
Gabriel Romero terminó sus estudios de pedagogía y obtuvo un título de licenciado en educación elemental y superior que siempre le dio risa. La risa le venía al recordar a su padre, viejo maestro titulado en una normal rural que, siendo funcionario de la SEP, cuando le decían “licenciado” respondía: “Qué, ¿me ve usted cara de ladrón?”
El cuidado de su anciana madre lo empujó, contra lo que siempre había soñado, a trabajar en una primaria particular, para seguir viviendo en la ciudad.
Al morir su madre abandonó el Distrito Federal y solicitó plaza en el estado de Chihuahua. A sus veintiocho años, por ser “novato” lo enviaron a una zona escolar en uno de los municipios con geografía más accidentada en la Sierra Madre Occidental. El inspector de la zona, a sugerencia del mismo Gabriel -“Me puede mandar a cualquier comunidad, por alejada que esté”- lo envió a una población con unas veinticinco casas y seis o siete más alumnos de los treinta necesarios para tener escuela.
Acostumbrado a hacer montañismo Gabriel siguió descansadamente los pasos del maestro que lo llevó a su escuela y lo presentó la comunidad. Nueve horas de caminata por abruptas veredas no le hicieron mella.
Regresó a la cabecera de zona y dos días después se fue solo a su destino laboral. Extravió el camino varias veces pero nunca se desorientó y once horas después llegó, ya anocheciendo, a su plaza.
Acomodó su bolsa de dormir en la única aula de la escuela y se acostó tranquilamente. Como era costumbre en menos de tres minutos le llegó el sueño, pero de pronto tuvo un sobresalto: hasta ahora sólo había dado clase a niños entre diez y doce años, de quinto y sexto de primaria; la idea que lo espabiló y lo mantuvo casi toda la noche en vela fue: “¿cómo voy a enseñar mañana a leer?”. Contaba sólo con teorías y recordó varias esa noche. Pero se le había olvidado la práctica: preparar bien la clase del día siguiente. (Continuará)
You’re enough.
More than enough.
You’re a masterpiece.
A beautiful dream.
My wonderland.
You went further than any of my visualizations.
Further than anything my mind could have fantasized.
You’re impossible to improve.
Because you’re a goddess that has decided to materialize.
You’re enough.
More than enough.
Remember that.
I love you like that.
No matter what.