Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

Filed under: piel

Skin

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I dream of your skin
in nights of loneliness
when you're not here.

 

While I sleep on my side,
looking at you (in my mind)
I can smell your essence,
Taste your flesh,
Touch your softness,
Hear you breathe.

 

A pillow borrows it's skin...
Having it close, I can imagine you;
See the spots in your skin...
Feel the line of your hips...
Feel you...

 

You are present
but your not here.

Calor

Hoy hace calor... Los dos estarán más cerca, compartiendo una vez más: almas, sudor, piel, admiración, consuelo. Un abanico acaricia sus pieles. Ella yace en la cama pero él no se acerca todavía. Se toma su tiempo para admirar la forma femenina de ese cuerpo que tantas veces fue suyo.

El sonido del abanico crea una música que sirve de fondo a este momento poético, que alguna vez fue romántico. Hay dos cuerpos haciendo arte. Uno que a la luz de la luna forma una poesía en movimiento, un cuadro agradable a la vista de cualquier pintor. El otro cuerpo baila a un son liviano, al ritmo de su corazón. Un ritmo suave... tranquilo...  baila...

Con calma el se acerca. Sus pieles desnudas hacen contacto. El le acaricia el pelo, ella le agarra la mano y se envuelve con el. Los dos cuerpos se reconocen. Sus formas, sus fluídos, sus pieles encajan de manera perfecta como si hubieran sido mandados a fabricar. Se acoplan. Hoy, aunque yacen desnudos, no habrá sexo. Aún así el contacto de las pieles es poético, utópico, quimérico. Y solo van a descansar.

Retorno.

Mi piel me contiene, me limita, me guarda. Me dice "hasta aquí llegas". Afuera es el mundo.

Mi piel me muestra, me expone en mi pequeña desnudez que cubro pudorosa o que descubro para que el otro la descubra.

Mi piel es perfecta con sus pecas que han viajado en genes, que están ahí desde que dios sopló un alma dentro de un afortunado cigoto. ¿Cuántas pecas hay en las constelaciones de mis brazos, mi pecho? Si el destino existe, es un número de pecas que saldrán a la superficie... con los años. Cuando hayan aflorado todas moriré.

Mi piel es imperfecta con esos poros grandes que también vienen de atrás, de generaciones atrás que poblaron y conocieron américa y corrieron con los pies descalzos (piel contra piedra) por los áridos paisajes del norte.

Mi piel no es un escudo, no puede serlo, trato de ocultarme dentro de ella pero jamás lo logro, piel traicionera que grita "existes". Contenedor de todas las contradicciones, de todo lo que se mueve dentro, de las lágrimas infinitas que jamás muestro porque me llena de miedo que los otros me conozcan y sepan de mis fragilidades. Y hasta aquí llego, aquí termino, en la punta de mis dedos que se extienden, temblorosos, cuando los alargo para comprobar que estás ahí, que existes ahí, dentro de tu piel y tus enigmas infinitos.

Mensaje no recibido

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La piel nos delimita: separa el yo del no-yo. [ Eres el no-yo que más deseo]

Mide algo así como dos metros y es el principal órgano receptor de los mensajes externos y el principal mensajero de las emociones personales: el sonrojo de la vergüenza, el calor del enfurecimiento, la palidez del miedo... [Las pláticas que muchas veces no queremos tener y, sin embargo, encuentra salida con, sin o a pesar de nuestra voluntad.]

Pero no te puedes enterar de esos secretos: la habitación está oscura y tu mirada cerrada [ jamás notarás mi color.] 

Yo te delineo con mi dedo, esperando encontrar la sorpresa en tu ombligo, que se intuye como un precipicio insondable. Te estremeces y me das la espalda; [ fuerzas invisibles me impulsan a tocarla con los labios.]

Me pongo celosa de los brazos que te acunan: Morfeo ha ganado esta batalla y se declara triunfador al ritmo pausado de tu respiración. [ A la luz de la luna resplandeces como si te cubriera agua de plata. Y yo te como con los ojos.]

[ Se me congela la piel; los hervores internos no tendrán escape esta noche.] Me meto bajo las sábanas y tú te quedas encima de éstas. Es la última frontera entre nuestros yo que pensé me desafiaría.

Pieles, hay muchas

He navegado en una galera de piedra sobre variadas superficies acuáticas. La embarcación es absolutamente irregular como navío, huelga decirlo, y también sus tripulantes son anómalos. Todos ellos remeros voluntarios –en una galera ¡háganme el favor!­– se esfuerzan en hacer avanzar el bajel de guerra por rumbos insospechados.

Los últimos años, día y noche, la oscuridad es la constante. De vez en cuando algunas estrellas asoman por los hueco ocasionales de los nubarrones arracimados sobre nosotros y nos permiten fijar rumbos nunca ciertos ni demasiado confiables. Pero la tozudez en el remar no la perdemos.

La piel del agua sobre la que navegamos varía constantemente. En ocasiones es lisa, como la piel de un niño que sonríe al darse cuenta por primera vez que sus manos se mueven a su impulso. En otras coyunturas la superficie acuática tiembla y se irisa como la piel del amante bajo la leve caricia del amado. Por momentos, cuando la brisa se convierte en viento, la cubierta marina se espeluzna como la piel de aquél a quien rasguña un gato. Y a veces la apariencia del agua se convierte en el pelo erizado de la piel de un perro, que gruñe a su enemigo mientras muestra sus dientes.

Los galeotes remamos, remamos, remamos, sin que nadie nos apure con látigo o insultos. Los últimos años bogamos entre bruma y tinieblas, pero no abandonamos el placer de observar la apariencia de la piel del agua, como si fuera la piel de nuestro amante.