Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

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Muerte en Otoño

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Quiero morir como los árboles
mueren en otoño.
Que en un último suspiro de fuerza,
florecen...
Luego comienzan a deshojar.
Quisiera presentarme lleno de colores
aunque termine las hojas mudando.

Quiero morir...
Majestusoso, firme, fuerte.

Como el árbol
que confronta el frío
y seguro que en primevera florecerá
en vez de abrigarse
se desprende de su ropa de hojas.

Quiero morir como en otoño
mueren los árboles:
Majestuoso,
Firme,
Fuerte.

Pero sobre todo de pie...

¿Se han ido?

¿Tú crees, Muerte, que te los has llevado?

¿O crees, traviesa, que los has fijado como en una fotografía? ¿Piensas acaso que los has dejado inmóviles, en su última o penúltima actitud?

Recuerdo a mi abuela en una fotografía: toda vestida de blanco, con su ropaje muy largo, hasta el suelo, o más, con la cola de su atuendo desparramada ante ella, sumamente delgada y hermosa. Era una fotografía de 1934; no sé a dónde ha ido a parar ese retrato que hace poco todavía contemplaba embelesado ¿Fue la Muerte quien la fijó así, bella, alta e imponente el día de su boda? ¿O fuiste tú, Muerte, quien la dejaste fija a sus 92 años acostada en paz durmiendo para siempre, como la vi la última vez?

Más la fijó el fotógrafo que tú y ninguno de los dos se la llevó. La abuela sigue viva en el proceder de mi mamá, de mis tías, de algunos de sus nietos.

Conozco a un viejo que estuvo poco tiempo junto al padre. A sus setenta años este viejo hace cuentas y resume: trece años vivió en la misma casa que su papá; casi no lo veía; el niño salía temprano a la escuela y el señor se levantaba un poco más tarde; el pequeño se dormía temprano (hablamos de hace casi sesenta años), el grande llegaba a casa más noche. Apenas cumplidos los trece el niño se fue a estudiar a otra ciudad y sólo hasta los cincuenta volvió a vivir temporalmente en la misma casa que su padre. Hace unos diez años murió el padre, siendo una sombra de lo que había sido; el tiempo había dañado irreversiblemente sus neuronas. Tú, Muerte, no te lo llevaste: permitiste que reviviera en la mente de su hijo que ya no tuvo que verlo opaco, sin la brillantez que todavía lucía a sus ochenta años. Ahora el viejo de setenta  vive muchas de las máximas de su padre y revive su libertad, su bonhomía, su felicidad y algunas de sus preocupaciones y dudas. Tú, Muerte, sólo lograste que el hijo hiciera vivir de nuevo las anécdotas olvidadas y solamente conocidas por las narraciones del padre. Lograse que el muerto le vuelva a recordar a su vástago: “esto y esto pasa a los cuarenta, esto a los sesenta y esto más a los ochenta”.

Y el padre regresa a la vida, a la vida de su hijo, junto con otros personajes de la historia familiar, de la historia patria y de la historia de la humanidad que seguirán vivos aunque al viejo de setenta años lo envuelvas en el engaño de que ya te los has llevado. Él y los otros seguirán vivos hasta que el Tiempo y no tú los borre de las mentes de quienes los conocen y los leen.

En homenaje...

En palabras de Dehesa.

"Pido permiso para pensar, pero también para sentir, para subsanar, para restablecer, para agradecer (...) Agradezco estar vivo y perseverar tercamente en ello. Agradezco cada palabra cariñosa y todo dicterio que me han lanzado (...) Agradezco la sal y la pimienta. Agradezco mi inmerecida inteligencia que me ha permitido discernir no al mundo, pero sí a una buena parcela con todo y habitantes. Agradezco el don de la palabra que, con 23 escasos sonidos de nuestra garganta, nos permite figurar y nombrar las innumerables cosas. Agradezco la existencia del hipopótamo que ahí está resoplando en su alberca (...) agradezco la existencia de mis lectores (...) demorándose en mis renglones, en mis palabras".

 

"Mis lectores", de Germán Dehesa, en "Gaceta del Ángel", periódico Reforma (28/04/10).

 

Y así... perseverar tercamente en ello, estar vivo.

Relaciones Internacionales

Mi amiga María José estudió conmigo la preparatoria. Luego, ella se fue a estudiar Relaciones Internacionales y yo filosofía. La verdad, creo que su carrera me hubiera gustado muchísimo; siempre me imaginé a mí misma trabajando en la ONU. Sin embargo, para llegar a esas esferas, hay que comenzar desde el otro extremo: el de soldado raso. 

Y eso es lo que le pasó a María José: consiguió un trabajo en el Instituto Nacional de Migración. En teoría era un puesto oficinista, pero no tardó mucho en ser enviada a la frontera sur de México a hacer trabajo de campo: revisar los caminos cercanos a las vías del tren para detectar centroamericanos que pudieran estar heridos o muertos, reportarlos y deportarlos. Creo que no se esperaba que los años de estudios universitarios se desvanecieran tan rápido porque no hay diplomacia suficiente para humanizar cifras y porcentajes

Con horror en los ojos, mi amiga iba tomando las notas que algún superior le dictaba mientras recorrían Chiapas. Luego, con el mismo horror contenido, nos narraba entrecortadamente las pesadillas que la acosaban luego de esas expediciones; se sentía tan responsable de esas personas como si ella las hubiera empujado del tren. Las otras amigas la compadecían, yo me sentía inútil y solidaria al mismo tiempo, pero supongo que sentir interés de mi parte me hizo su confidente en esos temas y aprendí mucho al respecto, especialmente que, aunque dejes de pensar en la muerte, verdaderamente tienes que decidir hacerte indiferente a ello para que funcione. 

Tiempo después, la soldada rasa de 1.78 metros de altura, pelo rubio natural rizado y blanca como la leche (sí, resaltaba un poquito entre el resto de las tropas), fue enviada a ayudar a un superior a escribir un libro sobre el tema migratorio del sur al norte vía México. Ahí vació sus percepciones y dejé de saber de primera mano las historias que allá se cocinan.

Pero no hace falta saber detalles para sentir ahora un desgarro entre el estómago y la garganta: 72 personas que sobrevivieron al tren fueron masacradas en Tamaulipas, México. Su destino era, probablemente, Estados Unidos. El camino se truncó ya muy cerca de la meta: la segunda frontera.

A mi se me revuelven las entrañas. La justicia comienza en la propia casa. Y no me llega la indiferencia.

Si quieres saber más al respecto (juro que no es un link amarillista) aquí

Y la canción "Robando luz al sol", de Enrique Quezadas sirva de pequeño homenaje para quienes injustamente ya no pueden cantar.

 

Duelo

Hoy siento, Muerte, que me buscas.

 

Me pasas a veces tan cerca,

me tocas al hombro,

me miras,

y tengo miedo

que quieras enamorarme.

 

Muerte: ¿Qué has hecho con los míos?

¿Porqué no los podemos compartir?

 

He llamado a sus espíritus

y ya no los veo.

 

Parece que el más allá

se ha puesto el velo,

se me ha ocultado...

 

¿Dónde están los espíritus?

Aunque les temo

y le he pedido

al Señor que los reprenda;

hoy los deseo ver...

 

¡Ay, amigo, hermano, padre, abuelo, abuela!

¿Cuántos más?

¿Cuántos?

¡Cuanto los extraño!

 

Sí Muerte es cierto,  la vida sigue,

mas sabiendo que no están ahí

duele empujarla..

 

Hoy llevo un duelo...

uno que duele...

...uno que recordaré cuando ande en las duelas;

buscando entretener en mi próxima actuación...

 

Está bien Muerte,

ya no los llamo.

Los dejo ir...

 

...pero por alguna contradicción

se quedan aquí.

 

Hoy siento, Muerte, que me acechas,

no me buscas a mi

pero a los míos te acercas.

 

¡Muerte dame un “chance”!

Vete lejos.

 

Ahora deseo una pausa;

quiero un descanso de este duelo.

 

¡Déjame descansar en paz!