E- Mociones en 3 tiempos
La acaba de ver, de reojo, mientras ella hace su papeleo con la secretaria. Es el tipo de chica que uno sabe que existe pero no espera encontrar en su oficina un miércoles cualquiera a las 8 de la mañana.
Él es un viejo lobo de mar en los aspectos de la conquista y no quiere apresurar las cosas: ella sola caerá en el canto de sirenas que tan bien él sabe entonar, sólo para los oídos de las féminas.
Pero no hablarle no significa evitar intoxicarse de su visión: las curvas de su joven cuerpo están caribeñamente colocadas, de modo que un movimiento de su cuello produce vibraciones que las recorre sincrónicamente hasta las caderas en una cadencia que se antoja deliciosa. Él deja entrar por sus pupilas el rítmico andar de la isleña mientras, en su mente recrea sus movimientos y siente placer sólo de imaginar el momento en el que, finalmente, bailen un tango horizontal celestial.
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Dani se levanta con cierta torpeza, usando las manos para erigirse del suelo. Todos la observan con curiosidad y emoción.
Dani se bambolea insegura, inaugurando desde este momento su entrada al mundo de los homo erectus, calzando unos coquetos zapatitos rojos.
Dani está dando sus primeros pasos, esos que la llevan con precipitación a los brazos de su padre, quien la recibe con la sonrisa orgullosa de quien sabe vibrar de ternura.
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Si corro tras el tiempo tratando de cazarlo como si fuera un bandido, terminará comportándose como tal y tendré que olvidarlo como aliado. Porque el tiempo no se va a parar jamás.
Siento que la búsqueda de la felicidad se convierte a ratos en una histeria colectiva que marea, arrastra y nos pone en un estado de insatisfacción crónica porque, ¿qué nos asegura de que más adelante no hay algo que nos haga más felices, nos llene más?
Entonces es cuando me detengo -siempre que puedo, busco que sea bajo un árbol o frente al mar- y procuro quedarme quietecita, dejando de meterme en todo sin parar.
Me siento de repente el centro de un remolino en donde todo da vueltas a mi alrededor a alta velocidad. Respiro y me repito: "No es posible ver ningún reflejo ni ningún fondo en el agua turbulenta".
La velocidad a la que todo lo que posee mi mente gira, provoca centrifugación, que me da espacio para expandirme. Y hay un instante mínimo en el que, como si fuera un orgasmo, electricidad recorre mi espalda y me quedo impávida, sin moverme un centímetro, sin aire pero completamente poseída por la suspensión del juicio, del análisis y sintiendo el placer del momento presente.
Todo se mueve, por supuesto, pero la sincronía es tan perfecta que es imperceptible. Unicidad.
La felicidad tan perseguida está ahí y ahora. En mí.
