Palabras, palabras, palabras
Esta es la historia de una idea. Nació en vericuetos intrincados. Le costó trabajo salir y al hacerlo se enredó en las circunvoluciones cerebrales. Se fue haciendo más clara. Supo que brillaba ¿Cuál era la idea? No importa. Ya era, existía, jugaba a las escondidas entre los millones de neuronas que la aprisionaban. Su dueño la sentía aparecer y diluirse ¡Esa idea era la que había estado esperando tanto tiempo! Pero retobona se escabullía por meandros de axones y dendritas.
Las idea maduró a los pocos días. Abandonó los juegos. Adolescente ansió manifestarse. Adulta se volvió muy exigente: demandó darse a conocer.
Entonces se dio cuenta que estaba presa. Atrapada en una cárcel sin salida. Prisión dura, redonda, con asombrosos avances de control. Supo que sólo unos cuantos electrones salen y entran a ese recito tan cuidado. Los alimentos y el oxígeno llegan por vías sumamente protegidas. Por esos mismos resquicios salen las excretas de las activas neuronas. El mismo dueño de la idea comenzó a preocuparse. La sabía brillante pero no podía manifestarla. Aquella cárcel parecía perfecta.
Y entonces llegaron las palabras. Juguetonas, alegres, bullangueras. Libres y en torrente. Ahí estaban. Por cientos, por miles, ávidas para otorgar libertad. Se formaron de pronto. Sabias con los conocimientos que los seres humanos les dieron hace mucho. Sensatas con la cultura milenaria de los viejos, y la idea fue libre. Salió al mundo.
Quienes oyeron las palabras que le dieron libertad la conocieron al punto.
