Jugando a las palabras
Las letras andan por ahí muy alborotadas. Su viejo maestro, el jeroglífico no pudo detenerlas. Tampoco las contuvo el joven profesor, el señor ideograma. La energía de las letras es enorme, unas veces alegre y bullanguera, otras agresiva, unas más aterradora.
Pero ¿a qué juegan las letras? ¿qué hacen durante su tiempo libre? La televisión no les divierte. Los juegos de video no son lo suyo. En el dominó ni siquiera aparecen. Aunque en las rondas infantiles, en los naipes o en el cubilete se dejen ver de vez en cuando, su energía es mucha para quedar satisfecha con esos juegos. Aburrirse ¡nunca! bien lo afirma un cartel ya famoso: “Si no leo me aburro” dicen junto al simpático pollino.
¿Qué les queda a las siempre activas letras? ¡Jugar a las palabras! Ahí su energía jamás se agota. Antes de ser letras, cuando apenas eran leves sonidos o murmullos imposibles de representar con símbolos escritos, decidieron jugar a formar las palabras. Ese juego sí que les apasiona. Cuando andan por ahí, en la mente de alguien, buscan activas juegos de palabras y si bien los vocablos puede ser limitados el juego de palabras no tiene nunca fin. Larga vida les queda a las letras, juegos infinitos de palabras en qué ocuparse ya sea utilizando un muro, plasmándose en un simple papel que el agua borra o bailando en ondas intangibles que han pretendido negarle espacio, pero que ellas usan ya con soltura como amplísimo campo deportivo para seguir jugando a las palabras.