¿Fuegos artificiales?
Miguel Andrade tiene un martillo en la mano derecha y con la izquierda sostiene, sobre una piedra que está en el piso, un envoltorio de papel con tierras extrañas en su interior. Muchos vieron los polvos blancos, amarillos y negros, mientras doblaba la hoja que los envuelve.
Alguien da una ligera patada en los glúteos de Miguel, que rápidamente se levanta, esconde el martillo entre los pliegues de su chamarra y hace como que vigila un matraz, mientras el maestro pasa frente a la mesa del laboratorio.
Probablemente ninguno de los que ahí estaban se acuerde ya en qué consistió la práctica de ese día, pero todos sabían entonces que desde hacía semanas Miguel estaba intentando hacer cohetes, fuegos artificiales, pólvora al menos y lo alentaban, tratando de que olvidara que al principio del curso se introdujo a escondidas en el laboratorio, robó sodio, lo puso en agua, intentó cubrirlo y causó una explosión que por poco motiva su expulsión.
La primera vez hubo explosión; no fuegos artificiales. Ahora el joven quiere pólvora.
Cuando el maestro se aleja, Miguel vuelve a empuñar el martillo. “Clorato de potasio, azufre y carbón”, piensa Miguel repasando también las proporciones leídas en un viejo libro. “Con un poco de fósforo de la cabeza de un cerillo y luego un golpe” termina de pensar Miguel. Toma el envoltorio, lo pone en la piedra y da el martillazo.
¡BANG!
Tronido seco e intenso, seguido de la expulsión de tercero de secundaria con la materia de química reprobada y el futuro profesional comprometido.
Hoy, a sus sesenta y ocho años, el ingeniero químico Miguel Andrade acaba de recibir un premio en la UNAM, por no sabe bien cuál de sus últimas investigaciones o aplicaciones técnicas. Todos brindan a su salud. Él recuerda.