Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

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¿Fuegos artificiales?

Miguel Andrade tiene un martillo en la mano derecha y con la izquierda sostiene, sobre una piedra que está en el piso, un envoltorio de papel con tierras extrañas en su interior. Muchos vieron los polvos blancos, amarillos y negros, mientras doblaba la hoja que los envuelve.

Alguien da una ligera patada en los glúteos de Miguel, que rápidamente se levanta, esconde el martillo entre los pliegues de su chamarra y hace como que vigila un matraz, mientras el maestro pasa frente a la mesa del laboratorio.

Probablemente ninguno de los que ahí estaban se acuerde ya en qué consistió la práctica de ese día,  pero todos sabían entonces que desde hacía semanas Miguel estaba intentando hacer cohetes, fuegos artificiales, pólvora al menos y lo alentaban, tratando de que olvidara que al principio del curso se introdujo a escondidas en el laboratorio, robó sodio, lo puso en agua, intentó cubrirlo y causó una explosión que por poco motiva su expulsión.

La primera vez hubo explosión; no fuegos artificiales. Ahora el joven quiere pólvora.

Cuando el maestro se aleja, Miguel vuelve a empuñar el martillo. “Clorato de potasio, azufre y carbón”, piensa Miguel repasando también las proporciones leídas en un viejo libro. “Con un poco de fósforo de la cabeza de un cerillo y luego un golpe” termina de pensar Miguel. Toma el envoltorio, lo pone en la piedra y da el martillazo.

¡BANG!

Tronido seco e intenso, seguido de la expulsión de tercero de secundaria con la materia de química reprobada y el futuro profesional comprometido.

Hoy, a sus sesenta y ocho años, el ingeniero químico Miguel Andrade acaba de recibir un premio en la UNAM, por no sabe bien cuál de sus últimas investigaciones o aplicaciones técnicas. Todos brindan a su salud. Él recuerda. 

Fuegos artificiales. Amor sin fulgor.

Fuegos artificiales. Amor sin fulgor.

Las luces queman, sobre el suave hombrillo de la carretera
te digo que eres la densa luz sobre el oscuro cielo,
me miras como si yo fuera tu cielo,
suspiro y pienso cuantas noches hemos estado asi,
devanando momentos como fugitivos,
alzo la mirada y vuelvo a ver los fuegos artificiales,
las luces de colores adornando esta noche,
me preguntas si me quedare contigo hoy,
suspiro de nuevo,
te digo que no puedo,
siento como el deseo de que me quede es intenso,
tu necesidad es intensa, tanto como la mia de libertad.

Es extraño que aun sigas esperando que me quede contigo,
te miro de nuevo y veo que eres un angel que han puesto en mi camino,
para castigarme ó para salvarme?, eso aun no lo se.
El sonido de los estallidos resuenan en mi pecho,
como resuena tu pregunta, la misma de siempre,
la que nunca cambia,
cuantas veces hemos estado debajo de los mismos fuegos artificiales?

Ya casi no hay luces, ni sonidos, se apagan los fuegos como se apaga mi ansia de ti
Es hora de irme te digo.
Tomo mi cartera y me despido.

Es ironía de la vida que sea yo la que no quiera compromiso.

"Tito, tito, capotito...

... sube al cielo y pega un grito, ¿adivinas qué es?"

Va camino a la autoinmolación. No le parece tan mal hasta ahora; la vista es igual a cuando él subía al cielo por su propia elección, para contemplar la ciudad que mantenía a salvo.  Sí, ser un súper héroe ha sido divertido por mucho tiempo. 

Pero ya no más. La vida tomó otro cariz luego de estar con ella. La salvó de ser atropellada por los imprudentes ladrones del Museo Nacional que él perseguía. Pero si se es un súper héroe, no hay adrenalina que sobre para salvar a una chica guapa de volverse estampilla postal y, con la otra mano, detener a los maleantes. 

No fue la primera vez que salvaba a una mujer en apuros (a los hombres que los salven las súper heroínas o los súper héroes gays, que luego tienen crisis amorosas muy cabronas). Sin embargo, con esta chica fue diferente: sintió las chispas, esa electricidad que le da sus poderes fuera de este mundo. Eso sí no le había sucedido con nadie más que su primer amor, cuando todavía estaba aprendiendo a usar y desarrollar sus habilidades. Y se sintió perturbado, atraído y - ¡oh diosas!- necesitado. 

Pero ella, luego de esa tarde de predecibles cocteles y más predecible encuentro sexual, se desvaneció como el humo. Nuestro súper héroe, deseado por todas, temido por los malvados y respetado por los demás justicieros, emprendió una campaña para reencontrar a la chica eléctrica.

Ahora, está decidido: sólo le queda buscarla desde las alturas, deseando que de algo le sirva la mirada telescópica.Pero para concentrarse, se ató a un armatoste festivo que se lanza al cielo, de manera que sólo tenga que preocuparse por encontrar a su chica. Y conoce el riesgo de perderse a sí mismo, de clavar toda su atención en la búsqueda hasta ahora infructuosa. 

De repente, la divisa: trae un vestido rojo entallado y un café en la mano. El súper héroe no lo puede creer: ella ha levantado la vista hacia él y su cohete. Él agita la mano y usa sus súper pulmones para llamarla por su nombre y decirle que se consume por ella, que arde por ella, que...

"¡Hey, qué cosa tan rara!", -dice la chica de rojo a su amigo-, "fuegos artificiales en esta época. Y con mis colores favoritos. ¿Pues qué celebramos?"

Fuego Artificial - Fuego Real

De noche escucho el ruido
característico de la batalla...
Fuego artificial...
Oculto en la selva de edificios,
No lo veo.

Corro a una esquina
en busca del ruido
y no lo consigo.

No hay fuego artificial,
no hay fuegos artificiales,
nadie los oye,
nadie oye el ruido,
soy yo...

Es mi corazón,
que se agita
ante la esperanza
de que algo pase.

Ese fuego
esa busqueda incesante
de ese momento perfecto
que perdurará para siempre,
pero dura un instante;
ese efímero momento de gloria.

Efímero momento preciado
que suena, haciendo ruido;
explota, en el aire, en el cielo;
y emite su luz, preciosa.

Fugaz momento,
efímera memoria
por la que tu y yo luchamos
porque en nuestra mente se repite
una vez, y otra vez, y otra vez y otra vez...

No, no busquemos la luz
entre la jungla de edificios,
no aspiremos a la luz artificial en el cielo
el fuego está en nuestro corazón.

Fuego real
que desde hoy lucho
por mantener vivo,
fuego real que está en mi corazón
siempre prendido. 

Que me anima,
que me impulsa,
que me ayuda a disfrutar
de ese fuego artificial...

Ese momento especial...
Efímero...

 Que se repite una y otra vez...
y otra vez...
y otra vez... 

En mi corazón...
En mi mente...

Fuego artificial-Fuego real

Fuegos artificiales

Diego Alberto Suazo trae una fiesta interna fenomenal. Miles de cohetes silenciosos, apenas silbidos que estremece de placer, se queman es su cielo iluminando por fuegos de artificio.

El joven lleva tiempo persiguiendo a su nueva colega de cubículo. No tan nueva, hace seis meses que entró a trabajar a esa gran agencia de publicidad. Desde el primer día le llamó la atención el cuerpo juvenil de Laura. Esa piernas que en ocasiones muestra generosamente su vecina no lo dejan dormir algunas noches en que solo da vueltas en su cama. Cuando recuerda la sonrisa de Laura, un poco sardónica ciertamente, su lujoso apartamento de soltero, que paga con ayuda de su padre, le parece un galerón vacío, sin gracia.

Ya se ha hecho costumbre que una o dos veces por semana, Laura y Diego vayan al café de la esquina durante el descanso para comer. La chacota y las risas de la pareja son bien conocidas por los parroquianos habituales de la media tarde. Pero las cosas no han pasado de esas gratas reuniones.

Hoy las cosas han cambiado. Los fuegos de artificio son poca cosa para celebrar el hecho. A los tres minutos de llegar al trabajo Diego encontró un sobre bajo el teclado de su computadora. "Para mi gran amigo Diego" dice la letra manuscrita, que claramente es de Laura. El escueto contenido de la carta ha desatado la tormenta de fuegos artificiales en el espíritu de Diego: "Ven a mi casa hoy en la noche. La llave del depa te espera en la maceta de la 'pequitas'. Llega a la hora que quieras. Acostumbro cenar a las nueve." Cierra la carta la firma inconfundible de Laura.

La joven no aparece en el trabajo. Diego oye que pidió permiso para arreglar algo en su casa. Sus ilusiones crecen.

***

La dirección la conoce Diego desde hace mucho. Está seguro que Laura sabe que la ha seguido. Pero nunca había entrado al edificio; la construcción es vieja; los departamentos están bien conservados,   las escaleras y los corredores limpios. Junto a la puerta del número cuatro, el depa de Laura, la única maceta es la que tiene a 'pequitas'. Saboreando su triunfo Diego toma la llave y entra al depa: ¡está vacío! Ni una mesa, ni una silla, nada. En lo que fue recámara hay una nota exactamente en el centro, colocada ahí con sumo esmero

"Bienvenido, Diego. Hoy me cambié con Alexa a un nuevo depa. Sí, Alexa, esa de la que tu dices que está bien fea, que qué le veo, que parece hombre. Mañana en la chamba te invito a que cenemos juntos, los tres. Seguro también podrás ser amigo de Alexa.”

Los fuegos eran artificiales.