Yo en realidad me pregunto si alguno tenía ganas de aventar la piedra y esconder la mano.
La patrulla romana iba a lo suyo y a lo lejos vieron una aglomeración de judíos. Los romanos se fueron acercando pero cuando ya estaban a corta distancia, el tumulto se deshacía: entre los judíos que se iban unos llevaban cara de decepción, otros cavilaban y otros cuchicheaban entre si. El centurión ordenó a sus hombres que se detuvieran. En el sitio sólo quedaba un hombre en cuclillas, escribiendo algo en el piso y frente a él una mujer de pie, entre aterrada y aliviada. Ahí de pie. Entonces el hombre dejó lo que hacía y poniéndose también de pie le dijo a la mujer
- Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?¿Ninguno te condenó?
A lo que la mujer le respondió
- Ninguno, Señor.
El hombre, flaco y tranquilo, le dijo entonces
-Ni yo te condeno; vete y no peques más.
La mujer se fue. El centurión, viendo que aquella aglomeración se habia disuelto del todo y viendo que la mujer también se alejaba, dió una orden a sus hombres y se fueron todos a seguir con su ronda. Mientras caminaba no pudo evitar preguntarse ¿Y ese quién es? ¿Ni yo te condeno? ¿Porqué habría él de condenar a nadie? Esos judíos son raros... cómo sea, quizá habría que ponerle atención al flaco ese, algo me dice que puede resultar un personaje importante. Acto seguido, lo olvidó. Lo recordaría tiempo después, el día que lo vió con la espalda magullada por innumerables latigazos y la cara llena de su propia sangre, brotando de las heridas causadas por una corona de espinas. Vaya, ya condenaron por algo a ese que no condenaba a nadie.
