Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

Filed under: El centurión

Yo en realidad me pregunto si alguno tenía ganas de aventar la piedra y esconder la mano.

La patrulla romana iba a lo suyo y a lo lejos vieron una aglomeración de judíos. Los romanos se fueron acercando pero cuando ya estaban a corta distancia, el tumulto se deshacía: entre los judíos que se iban unos llevaban cara de decepción, otros cavilaban y otros cuchicheaban entre si. El centurión ordenó a sus hombres que se detuvieran. En el sitio sólo quedaba un hombre en cuclillas, escribiendo algo en el piso y frente a él una mujer de pie, entre aterrada y aliviada. Ahí de pie. Entonces el hombre dejó lo que hacía y poniéndose también de pie le dijo a la mujer

- Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?¿Ninguno te condenó?

A lo que la mujer le respondió

- Ninguno, Señor.

El hombre, flaco y tranquilo, le dijo entonces

-Ni yo te condeno; vete y no peques más.

La mujer se fue. El centurión, viendo que aquella aglomeración se habia disuelto del todo y viendo que la mujer también se alejaba, dió una orden a sus hombres y se fueron todos a seguir con su ronda. Mientras caminaba no pudo evitar preguntarse ¿Y ese quién es? ¿Ni yo te condeno? ¿Porqué habría él de condenar a nadie? Esos judíos son raros... cómo sea, quizá habría que ponerle atención al flaco ese, algo me dice que puede resultar un personaje importante. Acto seguido, lo olvidó. Lo recordaría tiempo después, el día que lo vió con la espalda magullada por innumerables latigazos y la cara llena de su propia sangre, brotando de las heridas causadas por una corona de espinas. Vaya, ya condenaron por algo a ese que no condenaba a nadie.

 

Ellos solitos pueden

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"¿Te enteraste de que a María de Magdala la quisieron apedrear? Se la llevaron al Rabí que bajaba del Monte de los Olivos", comenta una chica a otra mientras beben para refrescarse del calor.

Asiente la interlocutora con la cabeza y entorna los ojos mientras responde "Nunca estará claro si realmente ella buscó al hombre con quien la encontraron o le tendieron la trampa."

En el pozo hay poca gente, casi todas mujeres. Un hombre con uniforme romano se apoya al otro extremo de la sombra arbórea. Todavía no entiende bien la extraña lengua de los judíos, pero ha logrado captar que las mujeres comentan el episodio que él presenció por la mañana. El mozo que acompaña a la patrulla y traduce las situaciones en las que deben intervenir, le contó lo que el hombre que escribía en la tierra había dicho. El oficial romano quedó verdaderamente sorprendido del razonamiento que disuadió a una turba completa. Siente gran tentación por escuchar más sabiduría de ese tipo. Los judíos parecen ser igualmente rabiosos que sensatos...

Pero él no está en ese territorio para aprender de los judíos sino para someterlos. Y ya sabe qué pondrá en el informe al Prefecto: "Señor, la escena que presencié hoy me lleva a algunas conclusiones. La más importante es que mientras menos intervengamos con el pueblo, mejor. Ellos solos pueden hacerse mucho daño con sus leyes de Moisés que aplican como venganzas"

Lépidus Blaesius

El legionario Lépidus Blaesius tiene la pluma de ganso en la mano , pero no sabe qué escribir. Es culto el centurión, hace poco degradado a optio. Sobre su mesa de trabajo, en el cuarto de guardias del edifico donde despacha el Prefecto Poncio Pilatos, hay unos rollos de pergamino. Si los abrimos leeremos algo así como un diario de campo escrito por Lépidus.

Blaesus quiere informar pero no ve cómo. Está castigado en Judea porque hace unos meses se negó a dar informes a un superior que consideró ignorante. Fue degradado y desterrado a esta región repleta de revoltosos que hasta ahora no han bajado la cabeza frente a las águilas romanas. No quiere más problemas por no informar.

Cuando lo mandaron a Judea su amigos le dijeron más o menos lo siguiente: “Los judíos son muy testarudos, no se someten.” “Las múltiples y continuas crucifixiones masivas de subversivos no los aplacan.” “Constantemente hay asonadas. Surgen cabecillas que arrastran tras de sí a mucha gente. Aunque no son buenos soldados, pelean contra los legionarios hasta la muerte” “ Poncio Pilatos sabe tratarlos, pero hay que tenerlo bien informado. Son muchos los legionarios que ya han sido castigados por no dar informes a tiempo de las sublevaciones.”

Con esos antecedentes no sabe cómo interpretar lo que vio: una turba vociferante y armada de piedras; muy belicosa; de pronto una mujer llorosa (¡una mujer! ¡por Zeus!) y un joven rabino displicente que casi no habló disolvieron el alboroto. Los sublevados abandonaron las piedras y se fueron en silencio y escurridos cada uno por su lado.