Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

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Charla con un amigo enamorado

Envidio a tu amada, por como la arropas entre la espuma. Con tus manos blancas acaricias su tosca piel que, cubierta con el musgo de tantos anios, se desnuda a tu disposicion. Degustas con tu cuerpo transparente sus rincones sedimentados. Ella se abandona a tu lengua, a tus u~as, y a tu tiempo. Tiembla con cada palabra que le ruges al oido.
En tu azul te retraes cuando sientes coraje, pero siempre vuelves y ahi la encuentras; donde mismo la dejaste, aunque un poco mas desgastada por el tiempo y la sal. Entonces en sus espacios te aprisionas, como castigando tus tantas subitas partidas, mas de vez en cuando asomas tu aroma liquido en un fluido vaiven de apasionada ira. Y una vez mas, con furia te halas hacia ti mismo. Pero es obvio que extra~as sus arrugas y sus curvas, y al volver embistes su cuerpo violentamente, como solo el mar enamorado puede. De nuevo te pierdes en los mil colores de su piel, en sus verdes cabellos y en los huecos que dejaron tus desamores. Sera el viento quien te obliga a partir? Te deslizas sobre ella, y acaricias su tez irregular. Resbalando en sus mejillas vas y vienes sin parar. Y ella, fiel, te extra~a y te recibe una y otra vez. Es mujer, y tambien esta enamorada. Se ha clavado en su morada y en eterna inercia te libera y te espera hasta que te la hayas comido. Ella desaparecera en ti. La humanidad la olvidara, y tu te haras cada vez mas grande. Es la paciencia de vuestro idilio la base de la tierra entera. Es un amor imposible y tempestuoso, mas mientras gire el mundo permaneceran atados en vuestro erotico baile; en un dulce beso.

María y Clara

“Los dos se encontraron y se rieron”

Eduardo Galeano.

María y Clara se conocieron en la prepa a los 16 años, las presentó el Señor Azar, como pasa todo el tiempo. Venían de dos ciudades diferentes y fueron a parar a la misma escuela, al mismo salón, y se reconocieron en medio de un montón de gente en una plática poco usual. María desde el primer día sabía que la mamá de Clara había muerto días antes. Clara no se lo dijo, ella sólo lo supo.
Al terminar la universidad, las dos tomaron caminos distintos. María se fue. Clara se quedó. Pasaban años enteros para volver a encontrarse, se reunían cuando María regresaba a la ciudad, específicamente a ver a Clara. No se escribían por correo, y se llamaban sólo en sus cumpleaños, la dos odiaban las pláticas telefónicas. Nunca se regalaban cosas. Clara recuerda sólo una ocasión en que María le compró una gerbera color amarillo el día que nació su primer bebé.

En cada encuentro esporádico les gustaba ponerse muy borrachas, y cuando no podían brindar con alcohol, lo hacían con agua o con una galleta o con lo que fuera y se decían ¡Salud por todos estos años!. Las dos habían aprendido a no reclamarse la distancia, pues aún cuando no se veían, se sentían más cerca que cualquier otra persona a la que veían a diario. Se miraban y se sabían. Se pensaban y se sabían.

Ninguna de las dos podía nombrar exactamente que las unía, y tampoco gastaban su tiempo en tratar de definirlo. Flotaban. Eran como amigas de la infancia, aunque el tiempo las haya presentado tiempo después. Escurrían en lo maravilloso, como gotas sobre el vidrio. A todo el mundo le decían que ellas tenían una amistad como la de Julio Cortázar y Pablo Neruda; “muy pocas palabras les bastaban para fijar rumbos mentales”.

Pero hubo un encuentro que fue diferente a todos los anteriores, sin saber porqué, María se comenzó a sentir cada vez más lejana en las palabras de Clara, por mucho que intentó no mostrar su incomodidad, no lo logró. La plática fue absurda y casi obligada. Se despidieron pronto y no se emborracharon como antes. 

Saber que Clara formaba parte de su vida, era como estar tomada del lazo que la unía con el mundo aunque todo fuera a contramarea. Esa última vez no fue así, algo pasaba, se sintió sóla, más que nunca en la vida. Quizá Clara estaba cambiando, o María estaba cambiando, ¿Cómo saber si la amistad no estaba cambiando también?.

Pasaron unos años, María regresó a buscar de nuevo a Clara. El intento fue aún más doloroso, se despedieron de nuevo muy rápido. Dejaron de verse con más años de por medio, cada vez menos. María planeaba en volver una vez más, pero sólo pensaba y pensaba: ¿cuántas veces más se puede intentar volver al mismo lugar y salvar una historia de dos?. 

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Fluoxetina.

El cepillo y la toalla

Detrás de la triste puerta un cepillo de dientes y una toalla se miran con recelo.  Ella se ríe de lo seco que él está; se burla de su falta de cariño.  El piensa que ella no es más que una puta refugiada en su humedad, que hoy viene de uno y mañana de otro.  Cuando la colgaron ahí él ya estaba ajado, afligido,  y solo.  Extrañaba habitar aquella deliciosa boca que cada mañana y cada noche lo besaba.  Algunas tardes observaba a la toalla.  Envidiaba como la sacudían, y apretándola dulcemente le daban el privilegio de acariciar esa piel a veces mimada por el sol.  La paseaban por encima de unas pecas que contaban que el mar había sido amante de esa tez.  Luego, peinaba los escasos cabellos que apenas salpicados se dejaban abrazar.  Tocaba una mejilla, las cejas, se alojaba por unos segundos en los ojos de aquel…aquel que le hacía cosquillas. 

Y así pasaban los días, encerrados en el cuarto de baño, entretenidos con repasos furtivos y descifrando la incógnita de cuál sería el elegido.  Una boca o un cuerpo entero.  Que esa boca estuvo poco y solo dejo un recuerdo, y ese cuerpo viene, clandestino pero fiel, a esconderse bajo el agua que riega su barba casi todas las lunas.   

Ahora toca escoger quien se queda y quien se va.  El cepillo se espanta ante el pensamiento de verse botado en el cesto, esperando su fin inminente en un vertedero.  Con el partirá la idea del marino que se ha ido y no sabe cuando volverá.  Mientras tanto, la toalla altanera y casi victoriosa suelta carcajadas tan macabras como lo que hay detrás de su existencia en ese gancho.  Pero aun no llego a una decisión, por que yo los quiero, diferente, a los dos. 

Desamor

Escuchado entre gritos en un parque:

"¡Hay un par de datos que se te escapan, sabelotodo! 

¡Uno: Ya no recuerdo cuál era la emoción aquélla que, de tan intensa y feliz, te hacía llorar. Y dos: A ratos me duele que no te acuerdes de recordármela!

¡Estas son las dos únicas cosas que pareces no saber de mi! ¡Ni siquiera creo que los hayas entendido cuando te los susurré la otra noche!"

Silencio incómodo entre los dos.

Dos

–Te lo voy a decir una vez más: no vuelvas a hacer lo que acabas de hacer– Patricia levanta dos dedos de la mano derecha y los agita ante la cara impávida de quien atento le presta oídos – con esta ya te lo dije dos veces y no lo repetiré.

El interlocutor de Patricia la contempla con sus ojos inmensamente abiertos. Quien escucha tiene la cabeza escasos dos centímetros abajo de la barbilla de la mujer. Sus fosas nasales dilatadas muestran el esfuerzo que Neri hace por comprender el significado de esos dos dedos.

–Si vuelves a hacer lo que hiciste te daré un par de castigos ejemplares: te dejo sin comer y te quedas encerrado un buen rato – y Patricia mueve otra vez sus dos dedos amenazadores ante la cara atónita de su oyente.

Patricia se yergue. Neri se eleva en la punta de sus extremidades y su cara muda queda otra vez un poco abajo de la de Patricia.

–¡Contesta algo a lo que ya te dije dos veces! ¿Entiendes bien la orden que te doy?

Neri se sienta sin apartar sus ojos de los de Patricia. Queda quieto y en silencio. Tan sólo ladea ligeramente la cabeza.

–Eres un socarrón. Di algo. Lo que sea ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? – se nota ya la impaciencia en la mujer.

Neri alarga su cara hacia adelante. Otra vez sus dos fosas nasales muy dilatadas denotan el esfuerzo por comprender lo que dice la voz de mando.

–O me dices algo o te aplico lo dos castigos que ya mencioné.

Sólo entonces responde Neri.

–Guau, guau– dice el labrador de pelo corto con dos breves ladridos, secos y profundos.