Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

Filed under: Cometa Halley

"... And in the end... (... Y al final...)

...The love you take is equal to the love you made" ("El amor que tomas es igual al amor que hiciste").

Gracias por estos dos años y 72 semanas temáticas que compartieron en este proyecto. Palabrería, como la conocemos, se termina aquí. El blog permanecerá abierto para lo que deseen postear y comentar, aunque el proyecto ya no continúa. 

Todo mi cariño,

 

Paty

Memorias del futuro

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Nada como releer para revivir. Porque no es imaginación sino palabras constantes y contables las que nos llevan de vuelta a las mariposas en el estómago, o la acidez de la gastritis inminente.

Total, que después de muchos meses, he llegado a una conclusión: la inmadurez no está en cometer errores -la sombra que persigue nuestros triunfos-, sino en saber cómo resarcir los daños directos y colaterales. Tomar acción para moldear las memorias del futuro.

Pero esta no es conversación para Navidad. 

Que la memoria se nos borre un poco. 
Amén.

Flores o nubes

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Quiero que me escribas en la espalda

con la pluma de tu sombrero,

mientras trato de descifrar 

los brotes de tinta.


Sólo podré leerlo al revés,

entender la mitad, 

mirarlo de reojo, 

en el espejo de tus ojos.


Flores o nubes,

poemas o insultos,

serán los deslices de una punta

lo que pueda discernir el tacto.


Con un hielo, 

con un pincel,

que sea hierro

o sólo tu piel.


No sabré entenderlo, 

inocente me quedaré.

"Lo único con lo que me quedo"

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Noche de otoño, sillones de cuero y libros, rodeándolo. La temperatura es agradable y los olores de vino, café y velas encendidas, se entremezclan en las diferentes salitas del acogedor bistro.


Él ya se siente urgido por intercambiar puntos de vista con su amigo y sin siquiera soltar su copa de tinto, se suelta.

"Ella me engaña. Estoy seguro. Y no me preguntes cómo, pero lo sé. La duda me ha estado carcomiendo, pero ya sé que es así, estoy convencido"


Ha dicho esto con la respiración agitada, con el tono de voz tenso y ligeramente agudo de las personas que están a punto de gritar. Su interlocutor se echa hacia adelante, y con voz pausada lo inquiere:


"¿Qué es lo que dices? ¿Por qué estás tan convencido? ¿Con quién?"


"Lo sé por la manera en la que le habla a otros hombres. La forma en la que les escribe en Facebook, tan amable, tan... ella. También es así con las otras chicas con las que he visto que platica, y me da duda de que quiera experimentar, pero esa coquetería disfrazada de carisma sin duda es una invitación a los hombres a acosarla, a buscarla, a conquistarla.

No sé con quién esté teniendo una aventura, pero no me queda duda de que hay al menos un par de apuntados, ¡esos listillos!"


"¡Vamos, amigo! Pero, entonces, realmente no la has atrapado en la infidelidad, ni te consta que esté considerando terminar contigo... ¿por qué te atormentas así?"

El interlocutor se sentía con el deber de intentar matizar las serias acusaciones que el chico pronunciaba, pero tampoco se iba a perder ser el de la primicia en los chismes de la pareja amiga. 


"Es que yo conozco a las mujeres, conozco a las de su tipo tan bien, que por eso me enamoré de ella: no importa lo que diga, no importa lo que haga, sino lo que yo sé que está detrás de todo su teatro. Sé que me ama y podría no dudar, pero me doy cuenta de  la forma en la que juguetea con su pelo al hablar con los demás, lo hermosa que se pone cuando vamos a salir a fiestas y reuniones, esa tendencia a dejarme a la deriva, mientras ella se desenvuelve con tanta facilidad con desconocidos... ¡Es tanta su desconsideración hacia mi, hacia mis sentimientos!" 

Los ojos le flameaban de indignación. Verdaderamente parecía que le provocaba dolor de estómago vomitar cada sentencia.


"¡Pero mira, 'mano!, ¡está de la mierda que afirmes así que te es infiel cuando la chica así ha sido siempre, y tú lo sabes! ¿Ya le has preguntado al respecto?". De la expectación, tiró un poco del líquido ardiente de su taza, al tapete sobre el que apoyaba los pies.


"Es una de las discusiones más frecuentes que tenemos, ¡siempre se pone tan a la defensiva cuando la cuestiono! Dice que soy un inseguro, pero lo que no entiende es que si me siento inseguro es por ella, su comportamiento y sus reacciones, tan limitantes a mis preguntas. Es su culpa que yo dude, porque sin ningún respeto, habla de actores y celebrities guapos con sus amigas, así esté yo presente. 

Pero ella siempre me mira como si estuviera yo idiota, alucinado. A veces, luego de mucho insistir, consigo que se irrite y me diga "por supuesto que no te soy infiel", pero como ya está molesta, ya no sé si creerle... ¡Pero esta misma noche la confrontaré! ¡Le diré que sé que me está poniendo los cuernos y que no pienso permitir su falta de respeto, su poco compromiso, su poco interés en mi amor por ella!", exclamó lleno de coraje.


"Ya he escuchado suficiente", interrumpió una voz femenina. Era ella, la acusada. Ambos chicos levantaron la mirada diagonalmente. Ella estaba parada justo en medio de ambos, a sus espaldas. Imposible saber cuanto tiempo tenía ahí, imposible saber cuánto de esa conversación había presenciado.

Venía con una amiga, que paseaba la mirada de los individuos en los sillones a la chica, como si se tratara de un partido de tennis. 


Ella miró al quejoso fijamente, con el rostro serio y el ceño fruncido. 

En una fracción de segundo, dio la vuelta y salió del establecimiento. La amiga titubeó un poco, pero casi de inmediato, salió detrás de la inculpada, no sin echar una mirada de reprobación al novio, que totalmente azorado, tardó en reaccionar y salir detrás de ellas. 


¡Ah, la lentitud! Para cuando el chico quiso alcanzarlas, ya estaban subiéndose a un taxi y perdiéndose en la esquina siguiente.


No hubo manera de localizarla. El novio, antes tan seguro de la infidelidad constante de la chica, ahora la buscaba por todas partes y por todos los medios, sin éxito. Lo único que supo de ella, luego de innumerables intentos por conseguirla telefónicamente, fue un texto que decía: "Que te aprovechen tu telenovela y tus poderes adivinatorios". 


En un puesto callejero de salchichas, el amigo le pregunta: "¿Y qué pasó finalmente? ¿Confirmaste tus sospechas?".


El chico lo mira fijamente y le responde lastimosamente "No he logrado que me lo confiese, pero tampoco que lo niegue. Lo peor de todo esto es que sólo me ha quedado la duda".

Rumba

Pelo engominado, haciendo juego con la camisa negra, que contrasta con el traje marrón. La corbata, desde la década de los 50, ancha y con figuras geométricas. Javier está listo para salir a hacer lo suyo: salir a bailar.


De todos los lugares recorridos que lleva en tantos años de búsqueda, los que otrora fueron un éxito y a los que hoy sólo regresan los nostálgicos de su primera juventud y, a su vez, llevan a extranjeros con ímpetus caribeño- africanos, han resultado los más prometedores para sus intereses. 



Poco le importa a Javier su piel colgante, sus facciones tan angulosas del rostro y la imagen de pachuco, al que sólo le falta el sombrero; sabe que en sus ojos queda el brillo pícaro del que sabe su negocio y domina las técnicas. 


Ha llegado al Mama Rumba. Paga su entrada y lo saluda con la cabeza la chica nueva de la barra, esperando vender mojitos; pero él no viene a beber, viene a otear y cazar. El grupo en vivo comienza los sones y él deja pasar un par de canciones, mientras examina el panorama.



Ya vio un grupo de chicas, tres jovencitas con cara de querer divertirse, pero con pánico al ridículo. Se acerca a una delgada, de pelo largo y quebrado -el pelo con rizos es signo de una personalidad más relajada y flexible, le ha dicho su sabio amigo del barrio chino- y la invita a bailar. Ella se muestra dudosa, pero él la tranquiliza "iremos despacio, verás que te sale bien". Bailan, en efecto, con suavidad, él manejándola con facilidad y dándole refuerzos positivos cada vez que una serie de vueltas y enredos de brazos sale bien.


Al final de la canción, se presenta por su nombre, intercambia unas palabras más y le pide su teléfono, que la chica, sin mucho problema, le da, ante la mirada celosa de galanes más jóvenes y territoriales.


Javier no repara en ellos, sino que sigue pasando de chica en chica, oliendo a colonia antigua y sin una gota de sudor; cambiando el ritmo y la velocidad según las capacidades de su pareja en cada canción. 


Es casi media noche y Javier ha reparado desde hace algunas piezas en una chica que viene sola. La ha visto bailar con un par de tipos, uno claramente entusiasmado por la deferencia de la muchacha, al grado de no notar que esos arrimones la ponen tensa, y el otro mucho más relajado, que le ha sacado un par de sonrisas. Es su turno. Se acerca, pero no demasiado, para invitarla a bailar. Ella, a todas luces, también lo ha visto, y se muestra apenada por ser tan poco experta en seguir el ritmo. Él, como siempre, la tranquiliza y hace chispear sus ojos negros, combinatorios con su pelo engominado y la camisa.



Bailan pues, sumamente despacio, con movimientos más calculados que impetuosos, complicando poco a poco los pasos que corresponden. Ella parece más concentrada que emocionada. Javier le pregunta, como era de esperarse, "¿Vienes sola?" Ella sólo asiente con una sonrisa tímida y él continúa, "eso es más común en Estados Unidos y Canadá, pero aquí las mujeres buscan a sus amigas para salir. ¿Eres de aquí?" Ella asiente y confiesa "Vengo porque me gusta la música, pero el baile no es lo mío".


Javier no se deja amedrentar por lo decidida que suena la chica respecto a sus capacidades de coordinación. Deja que termine la pieza y le dice, al tiempo que le extiende una tarjeta: "Soy profesor de salsa. Me llamo Javier y te quiero dejar mi tarjeta. ¿Me das tu teléfono?" Ella escupe un número, a todas luces, falso. Le da las gracias, la regresa a su soledad y sigue su noche, sigue su campaña. Todavía le quedan muchas tarjetas por repartir.

Hoguera

Y, entonces, para que haya fuego, se necesita aire.

Las llamas del hogar, que consumen y transforman,

inmediatamente, el ser en energía que alumbra y da calor.


El hogar que destruye con sus lenguas coloreadas

cuando se alimenta, al tiempo que crece.

"El fuego pensado no quema", decía Agustín, 

pero, 

¿qué tal el recordado? Se vuelve lo más preciado.


Pides que toda la noche te vea dormir.

Me consumo de ternura, pero río por tu ocurrencia.

Aunque, de cualquier forma, mientras sueñas, 

te arrope con mis manos, mi mirada, mi abrazo.


Tú eres mi hogar.

"Muro en paro busca empleo"

Me quedé soprendida cuando oí tal grito en la calle. De hecho, creí que había oído mal, pero la repetición de la voz de un muro un poco tambaleante, avanzando por las aceras de afuera de mi casa, lo confirmaron: en esta época poco venturosa, hasta las paredes necesitan pregonar sus virtudes para conseguir un trabajo.

Pues eso, un muro que busca trabajo y una chica que está mudándose, ¿destino?

Lo interrogo: "¿tiene cartas de recomendación? ¿Experiencia con niños? ¿Temor al 'qué dirán'?"

Seńora, tengo todas mis cartas en orden: he desempeńado cargos de separación de espacios, muro para escalar en un campamento de excelencia física, he sido Muro de Lamentos y mi último empleo fue como pared para anunciar. Ya temores a la opinión ajena, no me quedan muchos."

"Veo que tiene mucha experiencia y ha visto mundo. Dígame, ¿por qué dejó su trabajo anterior?"

"Pues verá, los políticos que tenían ahí su campańa, decidieron mudarse a internet, que porque a Obama le funcionó y bla, bla. Yo creo que van muy tarde a esa estrategia, y mientras, generan fuga de muros, como yo. Estoy buscando nuevos horizontes, madame".

"¡Vaya!", pienso, "¡es un muro inteligente y galante!"

"Bueno, pues fíjese que estoy de mudanza y podría requerir sus servicios. Aunque, me pregunto si ser muro de jardín no le parecerá demasiado aburrido a su personalidad aventurera..." El muro se quedó pensando en silencio un momento. Noté que parecía interesado, así que me adelanté, ofreciéndole ventajas que pensaba, podrían entusiasmarlo más:

"No es un trabajo temporal, definitivamente pienso quedarme en esa casa por un largo periodo; sus días serán más tranquilos, pero no por ello aburridos: lo requiero para el patio, y su posición será frontal a la cocina, así que entretenimiento no le faltará. En sus prestaciones se incluye mantenimiento y pintura. Su responsabilidad máxima es proteger la casa de extrańos. ¿Qué le parece la oferta?"

A la sombra de un colorín, recuerdo la conversación surrealista mientras, armada con un rodillo y pintura a juego con la casa, pongo manos a la obra.

Permiso para quejarse

Publicado en Dadá Magazine, No. 2, septiembre 2011.

They always say time changes things,

 but you actually have to change them yourself.

Andy Warhol


No es un secreto para mí misma que, en contados minutos del día –ajustados entre que caigo dormida y los que me busco dar en la mañana, justo al despertar con el típico “cinco minutos más”- me siento yo misma: tranquila, segura, acogida y en control de mi vida y el mundo que me rodea.  ¿Te suena conocido?


En cuanto salgo de la cama, comienzan los malabarismos: hija que se va a la escuela, fuga de agua, café, arreglarme, checar twitter, las tres cuentas de email, la página en Facebook del trabajo y, claro, los asuntos caseros cotidianos.

Sé que tengo una vida repleta de bendiciones (y, Dios/Universo/Destino, ¡la agradezco profundamente!). Solo que, de vez en mucho, me siento sobrepasada por la cantidad de pelotas en el aire, y metafóricamente hablando, ya no meto sólo las manos para mantenerlas girando, sino el pie, la cabeza, la cadera y hasta la nariz. El resultado: agotamiento, cuerpo dolorido – literal y figuradamente- y algunas veces el dulce sabor del éxito por haber cumplido con todo, y otras, la amarga sensación de frustración por el fracaso. La dignidad, según creo, reside en no regodearse por mucho tiempo en ninguna de las dos emociones, so pena de terminar no aguantándonos ni nosotras mismas.


Yo sé que no soy la única que tiene estas subidas y bajadas de ánimo, en este circo de tantas pistas que llamamos vida. Pero resulta que hasta los payasos descansan de su número feliz. Y si alguien de los pocos con quien siento confianza, me pregunta acerca de cómo estoy, me suele dar un ataque de honestidad, y sin muchos rodeos, le cuento los pormenores de mis dolencias y maledicencias. El resultado suele ser mixto; supongo que también, dependiendo de cómo le esté yendo a la persona a quien le cuente mis cuitas, es su reacción: algunos días recibo apapachos y muestras de solidaridad, y otros, severos comentarios por mi falta de gratitud y tendencia negativa. “Tú creas tu realidad”, me han dicho.

Ya pasé del infantil miedo al infierno dantesco, al casi existencialista estrés causado por la responsabilidad completa de crear mis tragedias y comedias. Saber un poco sobre la Ley de la Atracción –la que parece funcionar, creamos o no en ella- mantiene a raya mis quejas, me recuerda contar mis bendiciones y cuidar mis pensamientos. ¡Pero cómo me tensa estar al pendiente de todos los hilos mentales que muevo, convirtiéndolos en mi destino!


Entonces, he aquí mi conclusión: En la vida hay lecciones que, por la naturaleza humana que (¡ash!) tiende a aprender más de los trancazos que de las dulzuras, nos retan en diferentes presentaciones. De todas se debe aprender (y mientras más rápido, mejor), pero lo que varía es la forma de aprender. Hay quien se cae, se levanta, se sacude y ni siquiera voltea atrás; existe también quien regresa el golpe, preparado para esquivar el siguiente. Yo soy de las que necesita verbalizar lo que le ha sucedido: el hablarlo o escribirlo me permite ponerlo en perspectiva, reconocer mis sentimientos al respecto y, más pronto que tarde, poner en acción un plan alterno de contingencia, al tiempo que decido cómo evitar caer en una situación similar la siguiente vez que esté cercana a esa persona o experiencia. Huirle al dolor negándolo, es como esconder el desorden de la habitación bajo la alfombra.


Lo sé, para eso se le paga a un psicólogo. Y sí, también sé que para eso están los amigos y la gente que nos ama, aunque a veces el reclamo que hacen de que nos estamos quejando sea, a su vez, una queja también.


De una u otra manera, todos queremos tener permiso para quejarnos, no como deporte en el que seamos expertos –para nada busco hacer una apología de vampiros energéticos, de los quejosos profesionales-, sino como manera de reconocer los retos y las emociones que estos provocan; para recibir de quien realmente nos importa, su opinión, porras, validación, consejos. Mirarnos en el espejo que se vuelve el otro y apreciar lo que a veces no tenemos claro de nosotros mismos.

Ante la humillación del fracaso, el dolor que causa la frustración y el camino que lleva a la humildad para aprender la lección, no me dejes perder la dignidad, pero respeta mi instinto de quejarme un poquito. Si es contigo, es porque sé que me quieres.

 

Analogías

Flamenco

¿Espacio? Es la lucha última del ser humano: las más terribles guerras se han gestado por razones de espacio geográfico, y las más grandes torturas tienen que ver con saber que alguien ocupa un espacio -emocional, espiritual, físico o todas las anteriores- que el otro desea.

Eso. Desear. Espacio. Aunque sea de un punto y seguido. Aunque mejor si es el de un punto y aparte.

El de las comas es de broma y el punto y coma apenas deja recuperar el aliento.

Desear. Espacio.

Como de un párrafo completo, con su doble "enter". El de la lectura que queda señalada con un doblez de la página y puede retomarse en una oportunidad siguiente.

Espacio. 

El de un suspiro por tu ausencia.