Desde que era un crío conozco tu aroma. Con él invadías la cocina, el comedor, llegabas al cuarto donde dormía con mi madre, aunque cuando te hacías presente ella ya se había ido. Creo recordar que yo bajaba con trabajo de la cama, mucho más alta que yo, así me parecía, y con pasos recién aprendidos buscaba a mi madre que estaba en la cocina poniéndote en la taza. No me permitía probarte, “te quemas” decía invariablemente.
Sin embargo ahora que te hablo descubro que no te conozco del todo, pero sí estoy seguro que eres un conquistador. Algo he oído de tu lugar de nacimiento: Arabia o el África, aunque más bien creo que es la segunda. A Turquía la conquistaste hace mucho, aunque en las pocas lecturas que he hecho sobre ella no aparezcas; o simplemente no te vi estando tú presente. Tampoco sé bien cuando conquistaste Europa. Ahora la tienes dominada. Según algunas estadísticas Alemania es el país que más te consume en todo el mundo, aunque la fama de ser quienes más te beben la tengan los franceses y holandeses.
Supongo que a chinos, japones e indostanos y a los habitantes de las numerosas islas del Índico y Pacífico también los conquistaste.
Acá, a nuestro lado, llegaste a finales del siglo XIX. Entraste por Brasil. Con métodos más nobles que los viejos españoles que llegaron matando conquistaste Colombia, caminaste hacia el norte, entrase a Venezuela, Panamá, Honduras, El Salvador y te has desarrollado muy a gusto en Costa Rica y al sur y en las costas de este México nuestro. Nos conquistaste en forma diferente que a la ya anciana Europa, no como bebida, sino como ser vivo, bajito, no más de un metro con cincuenta o setenta centímetros, según te he visto. Viviste a la sombra mucho tiempo hasta que nuevamente Brasil logró que soportaras el sol en algunas de tus variedades.
Mientras tanto vinieron los suizos o los norteamericanos, estadounidenses o como se quieran autonombrar, aunque aquí muchos los sigamos llamando gringos para que no haya confusiones, quede claro que a veces lo hacemos sin afán de ofender, como ahora. Vinieron pues algunos “sabios” que te lograron hacer polvo y utilizando tus dotes de gran conquistador se lanzaron a conquistar ellos, no tú, el mercado mundial. Sorprendieron a muchos que aceptaron el adulterio (perdón, quise decir adulteración), pero estás regresando como bebida a una nueva conquista. Ahora eres tú quien te has montado en los métodos de aquellos que conquistaron primero la costa norte del Atlántico, luego compraron y robaron terrenos inmensos hacia el sur y por fin, pistola en mano, subidos en los ferrocarriles, a lomo de caballo o en carretas de mulas conquistaron todo lo que les quedaba al oeste, hasta que el Pacífico los detuvo.
Y apareces nuevamente como bebida auténtica en numerosos establecimientos que hace veinte años no existían, que crecen como hongos y frecuentan los jóvenes, aunque no sólo ellos. Y vuelves a conquistar los paladares y despiertas las mentes. No te preocupa que otros hagan negocio. Regresa tu aroma a perfumar el aire y ahora, ya con paso firme, lo persigo en la calle y te tomo sentado frente a la mujer que quiero conquistar, a la que muchas veces le digo “cuidado, no te vaya a quemar”.
¡Bendito seas! Tu aroma me seguirá persiguiendo durante mucho tiempo todavía.