Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

Filed under: Bogador y Caminante

Cuento no navideño (continuación)

El cuarto donde durmió Gabriel, con no más de cuatro años de construido, era una de esas aulas prefabricadas del CAPFSE: buen material, techo de dos aguas de cemento colado, ventanas con láminas plásticas traslúcidas, buen pizarrón para gis y una banqueta de setenta centímetros rodeando la construcción por sus cuatro lados. Frente a la puerta de entrada una minúscula área plana, en forma ligeramente triangular, no mayor de cuatro metros cuadrados. Hacia el lado izquierdo el terreno descendía rápidamente y hacia la derecha ascendía, de modo que en la parte posterior del aula el terreno casi alcanzaba la altura total del salón de clase. Del vértice da la pequeñísima explanada salía la vereda que conducía a la puerta de golpe del terreno escolar, por la cual se accedía al camino de herradura que, subiendo siempre, unía al pueblo con la comunidad vecina.

Ese día, que sería el primero del curso escolar, amaneció lloviendo, pero a las siete y media de la mañana, aunque la humedad era mucha, no había lluvia, aunque sí una ligera neblina.

Gabriel aprovechó que había escampado, salió al camino de herradura y dio cinco largos silbatazos para llamar a los alumnos a clase. Desde la primera vez que llegó a la comunidad con el maestro anterior había quedado claro que las clases iniciarían el dos de septiembre a las ocho de la mañana. Los silbatazos le parecieron suficientes al profesor Romero para llamar a clase.

Pasaron los minutos y no llegó ningún alumno. Gabriel esperó sin preocuparse hasta las siete cincuenta, hora en que empezó a perder la tranquilidad. A las ocho en punto de su reloj de pulsera volvió a salir al camino de herradura y sonó su silbato otras cinco veces en forma prolongada. Tres o cuatro minutos después llegó el primer alumno, un niño como de ocho años, que tímidamente se sentó en la banqueta que rodeaba la escuela sin apenas saludar. El maestro decidió esperar un poco más. Pasadas las ocho y media sólo habían llegado cuatro alumnos: tres varones entre los ocho y doce años y una niña posiblemente de seis que no habló en toda esa mañana, ni en ninguna de la primera semana de clase, hasta el punto que Gabriel llegó a pensar que no sabía hablar todavía. Ese día no llegó nadie más. No tardó Gabriel más de media hora en darse cuenta que ninguno de los cuatro niños sabía leer, pero decidió que ese dos de septiembre no valía la pena empezar a enseñarles. Ya tendría toda la tarde para pensar cómo lo haría a partir del día siguiente.

Cuento no navideño

Gabriel Romero terminó sus estudios de pedagogía y obtuvo un título de licenciado en educación elemental y superior que siempre le dio risa. La risa le venía al recordar a su padre, viejo maestro titulado en una normal rural que, siendo funcionario de la SEP, cuando le decían “licenciado” respondía: “Qué, ¿me ve usted cara de ladrón?”

El cuidado de su anciana madre lo empujó, contra lo que siempre había soñado, a trabajar en una primaria particular, para seguir viviendo en la ciudad.

Al morir su madre abandonó el Distrito Federal y solicitó plaza en el estado de Chihuahua. A sus veintiocho años, por ser “novato” lo enviaron a una zona escolar en uno de los municipios con geografía más accidentada en la Sierra Madre Occidental. El inspector de la zona, a sugerencia del mismo Gabriel -“Me puede mandar a cualquier comunidad, por alejada que esté”- lo envió a una población con unas veinticinco casas y seis o siete más alumnos de los treinta necesarios para tener escuela.

Acostumbrado a hacer montañismo Gabriel siguió descansadamente los pasos del maestro que lo llevó a su escuela y lo presentó la comunidad. Nueve horas de caminata por abruptas veredas no le hicieron mella.

Regresó a la cabecera de zona y dos días después se fue solo a su destino laboral. Extravió el camino varias veces pero nunca se desorientó y once horas después llegó, ya anocheciendo, a su plaza.

Acomodó su bolsa de dormir en la única aula de la escuela y se acostó tranquilamente. Como era costumbre en menos de tres minutos le llegó el sueño, pero de pronto tuvo un sobresalto: hasta ahora sólo había dado clase a niños entre diez y doce años, de quinto y sexto de primaria; la idea que lo espabiló y lo mantuvo casi toda la noche en vela fue: “¿cómo voy a enseñar mañana a leer?”. Contaba sólo con teorías y recordó varias esa noche. Pero se le había olvidado la práctica: preparar bien la clase del día siguiente. (Continuará)

Estimados palabreros

¡Qué bueno que ahora toca tema libre!
Así podré escribir estas pocas líneas y decir que fue a cusa del tema libre, aunque eso no sea cierto.
La verdad es que a partir de abril de 2008 he estado usando un blog para escribir pequeñas reseñas de los libros que leo. Ese trabajo lo he descuidado últimamente, en parte porque estoy leyedo poco y en parte por irresponsable con mis propios deseos. Antes de que termine este 2010 quiero escribir las reseñas de los últimos dos o tres libros que he leído y no reseñado. Eso es lo que voy a empezar en este momento, por eso ya no escribo más en esta entrada. Solamente les doy la dirección del blog, por si alguien quiere aburrirse leyendo escuetas e insípidas reseñas de los libros que he leído en los dos o dos y medio últimos años: http://letrasyespacios.blogcindario.com
Nos leemos aquí la próxima semana ( bueno,yo voy a volver a leer este blog mañana mismo y lo abriré diario por si alguien más escribe)

10 de abril de 2011

Cada vez que pensamos en un “cumpleaños” un cliché se hace presente: simpáticos gorritos copiados de sombreros de brujas medievales de caricatura, pero adornados con estrellas y colores luminosos en vez de ser negros y arrugados, atados a la barbilla con senda ligas muy visibles; globos; pastel de colores claros venidos de ningún alimento apetecible: verde fosforescente, azul añil, rosa mexicano devaluado, en fin, todos ven el cuadro. También hay canciones muy oídas, vernáculas o llegadas de culturas extranjeras. Todo guardado en memoria digital mediante cámaras fotográficas o de video que abundan entre los asistentes a la fiesta.

También existen otros cumpleaños, ¿cumpleaños de muerto? ¿cumpleaños luctuosos? Sí, los hay, bordaos con misas y novenarios, vestidos negros y caras llorosas.

Hoy, que vivo en mi imaginación en el 10 de abril del 2011, quiero hablar de un cumple años que no es de ninguno de los dos tipos mencionados arriba. Es el cumpleaños 92 de una traición que terminó con el cuerpo acribillado de Emiliano Zapata. Muchos celebraremos los 92 años cumplidos no de una traición aparentemente exitosa, sino del acto que ha permitido quede fijo en el imaginario colectivo del campesino mexicano un sueño por el que todavía se lucha. Un sueño que no han podido destruir los fuertes y continuos ataques del neoliberalismo económico de mercado y que resiste al abandono y el olvido voluntario de la tierra como madre de parte de quienes la quieren poseer como prostituta.

Y entonces ¿qué vamos a celebrar el 10 de abril próximo los indígenas de Oaxaca, los tarahumaras de Chihuahua, las diferentes etnias mayas del EZLN, los mestizos más indios que españoles del estado de Morelos y muchos otros mexicanos que nos negamos a olvidar nuestras raíces? Vamos a celebrar el cumpleaños número no se sabe bien cual de la vida de un sueño, una sueño que en la vida encarnó Zapata y que no mataron las balas que acabaron con lo físico de Emiliano. No habrá gorritos, no habrá pastel, no habrá tampoco negros luctuosos. Algo se seguirá desarrollando al calor de un sueño nacido poco después de la conquista española, que está muy lejos de morir aunque no se refleje en el rostro de quienes por ahora duermen.


P.D.: Perdón a todos los cumpleañeros que no felicité en mi escrito. Aquí van mis felicitaciones. Sinceras de verdad, aunque no lo parezcan. Por ahí leí alguna vez que “sincero” viene del tiempo de las estatuas mal hechas que se presentaban “sin cera” que ocultara sus defectos. Mi felicitación “sin cera” no oculta evidentemente los míos. Salud y vale.

¿Fuegos artificiales?

Miguel Andrade tiene un martillo en la mano derecha y con la izquierda sostiene, sobre una piedra que está en el piso, un envoltorio de papel con tierras extrañas en su interior. Muchos vieron los polvos blancos, amarillos y negros, mientras doblaba la hoja que los envuelve.

Alguien da una ligera patada en los glúteos de Miguel, que rápidamente se levanta, esconde el martillo entre los pliegues de su chamarra y hace como que vigila un matraz, mientras el maestro pasa frente a la mesa del laboratorio.

Probablemente ninguno de los que ahí estaban se acuerde ya en qué consistió la práctica de ese día,  pero todos sabían entonces que desde hacía semanas Miguel estaba intentando hacer cohetes, fuegos artificiales, pólvora al menos y lo alentaban, tratando de que olvidara que al principio del curso se introdujo a escondidas en el laboratorio, robó sodio, lo puso en agua, intentó cubrirlo y causó una explosión que por poco motiva su expulsión.

La primera vez hubo explosión; no fuegos artificiales. Ahora el joven quiere pólvora.

Cuando el maestro se aleja, Miguel vuelve a empuñar el martillo. “Clorato de potasio, azufre y carbón”, piensa Miguel repasando también las proporciones leídas en un viejo libro. “Con un poco de fósforo de la cabeza de un cerillo y luego un golpe” termina de pensar Miguel. Toma el envoltorio, lo pone en la piedra y da el martillazo.

¡BANG!

Tronido seco e intenso, seguido de la expulsión de tercero de secundaria con la materia de química reprobada y el futuro profesional comprometido.

Hoy, a sus sesenta y ocho años, el ingeniero químico Miguel Andrade acaba de recibir un premio en la UNAM, por no sabe bien cuál de sus últimas investigaciones o aplicaciones técnicas. Todos brindan a su salud. Él recuerda. 

Aggg

Aggg está pensando. En imágenes. Todavía no se han inventado las palabras para nombrar lo que piensa.

Hoy, con sus hermanos, mató un animal. Recuerda los palos puntiagudos que llevaban. Poco sirvieron para hacerle daño a aquella mole. Su hermano mayor murió al saltar sobre aquella bestia, para clavar el palo con ayuda de su peso. El animal usó esa cosa larga que tiene enfrente para destrozar el peso que le clavaba un palo. Las puntas de los otros cazadores entraron también. Pero fueron las grandes rocas (¿cómo se podrán nombrar?) las que al caer sobre la cabeza del monstruo lograron tirarlo ... y luego dominarlo. Aggg tiene trece años, aunque no sabe qué son los años ni cómo contarlos.

Afuera llueve con fuerza, la luz repentina y el gran ruido que le sigue apenas dos segundos después (menos sabe de segundos) tiene aterrorizados a todos sus hermanos. Esa mujer vieja por la que siente tanto ... tanto ... ¿tanto qué?, es la única que, sin asustarse de luz y truenos atiende con cuidado algo que quema para que no deje de quemar: hay que mantener vivos esos puntos rojos.

Aggg está sentado en un lugar oscuro, apartado, frío. El agua, el ruido, la luz que dibuja por momentos árboles y matojos que no sabe nombrar, poco le importan. Sólo piensa en las piedras y en las puntas ¿Cómo puede darle punta a una piedra grande, tan grande que no la levanta solo? Se duerme y sueña imágenes tras imágenes.

Hace frío. Una leve claridad lo ha despertado. El niñohombrejóven se pone de pie, camina y sale al lodo, esa cosa fría y resbalosa en la que sus pies no se afianzan. Sus hermanos lo quieren detener. No le hablan, todavía no se inventan las palabras para dar una orden. Se interponen. Vocean “Aggg, Aggg, Aggg”. Mueven manos y cabezas. La mujer encorvada, cansada, vieja ya a sus veintitantos años, intenta detenerlo con un gesto. Aggg siente que lo que siente por ella lo puede detener. El hermano al que todos siguen y respetan se atraviesa en su camino; nombra a Aggg con una voz seca y una cara que no da gusto, pero Aggg quiere realizar su sueño: una gran piedra con pico. A la piedra no le importará que aquel mastodonte la lance a unos diez metros (no sabe lo que son diez ni qué cosa sean los metros).

Ese pequeño adulto no va a quedarse junto al fuego (ya lo llaman algo, pero en ese momento no le importa), quiere hacer algo, necesita trabajar. Y va a hacer lo que todavía no sirve para nada. Todos sus hermanos sienten que está desperdiciando ... está desperdiciando ... no va a hacer nada útil. Pero él siente que su trabajo no va a ser un desperdicio, lo soñó hace poco ¿Para qué va a servir lo que busca y no encuentra? ¿Para qué va a servir esa piedra a la que golpea con saña? ¿Qué gana con machucarse los dedos? ¿Qué con esas bolsitas de agua que duelen al reventarse? Unos se ríen, otros lo ignoran, pero su hermano, el pequeño que apenas camina, lo mira con atención y corre también a golpear unas piedras contra otras.

Mientras el resto del grupo se acerca a comer de lo quitado a quien mataron ayer, Aggg sigue golpeando piedra contra piedra. Nadie remunera su trabajo con un trozo de carne que él ni siquiera busca; sabe que hoy no se lo darán. Si acaso mañana, la vieja por la que siente ... siente ... no sabe cómo se nombra lo que siente ... ella le llevará algo para quitar el hambre. Aggg se conforma con un poco de agua de algún charco cercano, porque siente que su trabajo lo está haciendo a él, cada vez más ... más ... ¿más qué?

Se murió sin saber que lo estaba haciendo más humano.

¿Olvido?

Pasas frente al mismo aparador una y otra vez. Paseas sin rumbo esta tarde interminable de domingo. Tu amigo ¿sólo tu amigo? más que amigo ¿amante? no tanto, te dejó plantada. Tus pasos independientes de tu voluntad – así lo crees – te llevan a pasar frente al mismo aparador. El vidrio, perfectamente limpio, esboza tu cansada y aburrida silueta, decaída, derrotada, hundida ¡acabada!

Pensabas que lo que había con él iba a durar. Hoy no lo sabes. La tarde se alarga. La oscuridad no acaba de llegar. Pero tampoco quieres que el domingo termine. Mañana lunes … el horrible escritorio … las montones de papeles a sellar … allá, lejos, la mirada de quien te plantó … te sientes quelite, lechuga, zanahoria.

Y vuelves a pasar frente al mismo aparador ¿Cuántas veces has pasado sin querer ver lo que hay detrás del vidrio? Volteas y sólo buscas tu silueta derrotada.

Tu instinto lleva tu mano a la gran bolsa que cuelga de tu hombro. Sigues adelante ¡Que se acabe la tarde! ¡Que no termine nunca! Arrastras los pies que tercos te regresan minutos más tarde al mismo aparador.

Es fin de quincena ¿Qué vas a comer mañana? Sólo te queda efectivo para un restorancillo de comida corrida de oficinista pobre ¿La tarjeta de crédito? ¡Hace cuatro meses que no la pagas!

Y llega la segunda derrota ¿o será triunfo? Entras a la tienda frente a la que has pasado ¿cuántas veces? Y compras los zapatos que te han estado seduciendo desde que los viste de reojo. 

Te conozco hace tiempo

Desde que era un crío conozco tu aroma. Con él invadías la cocina, el comedor, llegabas al cuarto donde dormía con mi madre, aunque cuando te hacías presente ella ya se había ido. Creo recordar que yo bajaba con trabajo de la cama, mucho más alta que yo, así me parecía, y con pasos recién aprendidos buscaba a mi madre que estaba en la cocina poniéndote en la taza. No me permitía probarte, “te quemas” decía invariablemente.

Sin embargo ahora que te hablo descubro que no te conozco del todo, pero sí estoy seguro que eres un conquistador. Algo he oído de tu lugar de nacimiento: Arabia o el África, aunque más bien creo que es la segunda. A Turquía la conquistaste hace mucho, aunque en las pocas lecturas que he hecho sobre ella no aparezcas; o simplemente no te vi estando tú presente. Tampoco sé bien cuando conquistaste Europa. Ahora la tienes dominada. Según algunas estadísticas Alemania es el país que más te consume en todo el mundo, aunque la fama de ser quienes más te beben la tengan los franceses y holandeses.

Supongo que a chinos, japones e indostanos y a los habitantes de las numerosas islas del Índico y Pacífico también los conquistaste.

Acá, a nuestro lado, llegaste a finales del siglo XIX. Entraste por Brasil. Con métodos más nobles que los viejos españoles que llegaron matando conquistaste Colombia, caminaste hacia el norte, entrase a Venezuela, Panamá, Honduras, El Salvador y te has desarrollado muy a gusto en Costa Rica y al sur y en las costas de este México nuestro. Nos conquistaste en forma diferente que a la ya anciana Europa, no como bebida, sino como ser vivo, bajito, no más de un metro con cincuenta o setenta centímetros, según te he visto. Viviste a la sombra mucho tiempo hasta que nuevamente Brasil logró que soportaras el sol en algunas de tus variedades.

Mientras tanto vinieron los suizos o los norteamericanos, estadounidenses o como se quieran autonombrar, aunque aquí muchos los sigamos llamando gringos para que no haya confusiones, quede claro que a veces lo hacemos sin afán de ofender, como ahora. Vinieron pues algunos “sabios” que te lograron hacer polvo y utilizando tus dotes de gran conquistador se lanzaron a conquistar ellos, no tú, el mercado mundial. Sorprendieron a muchos que aceptaron el adulterio (perdón, quise decir adulteración), pero estás regresando como bebida a una nueva conquista. Ahora eres tú quien te has montado en los métodos de aquellos que conquistaron primero la costa norte del Atlántico, luego compraron y robaron terrenos inmensos hacia el sur y por fin, pistola en mano, subidos en los ferrocarriles, a lomo de caballo o en carretas de mulas conquistaron todo lo que les quedaba al oeste, hasta que el Pacífico los detuvo.

Y apareces nuevamente como bebida auténtica en numerosos establecimientos que hace veinte años no existían, que crecen como hongos y frecuentan los jóvenes, aunque no sólo ellos. Y vuelves a conquistar los paladares y despiertas las mentes. No te preocupa que otros hagan negocio. Regresa tu aroma a perfumar el aire y ahora, ya con paso firme, lo persigo en la calle y te tomo sentado frente a la mujer que quiero conquistar, a la que muchas veces le digo “cuidado, no te vaya a quemar”.

¡Bendito seas! Tu aroma me seguirá persiguiendo durante mucho tiempo todavía.

El abuelo

El hombre viejo viene en mi dirección, con paso rápido a pesar de sus evidentes muchos años. Avanza abstraído pero de pronto una sonrisa lo ilumina. Doblo el periódico que ya no leía y lo pongo bajo mi brazo izquierdo. El hombre se sienta distraído a mi derecha. Suspira.

– Perdón, ya me voy – me dice al darse cuenta que la banca ya está ocupada.

– Las bancas de este parque son públicas, de todos – le digo – no importa que una parte ya esté ocupada. Usted puede sentarse en los lugares vacíos.

Sonríe y nuevamente se ilumina todo él.

– Acabo de recibir la visita de mi abuelo – dice sin dirigirse propiamente a mí.

Ahora yo soy el que sonrío. Si él tiene unos setenta años su abuelo difícilmente tendrá menos de cien.

El  hombre nota mi escepticismo pero para mi sorpresa ríe alegremente.

–Seguro usted no me cree. Por joven que hubiera sido mi madre cuando yo nací y su padre  cuando la engendró, mi abuelo debería tener más de cien años. Si aún viviera tendría unos ciento cuarenta. Pero es real, mi abuelo materno acaba de venir a visitarme. Se ha hecho extrañamente presente desde la memoria colectiva subconsciente que los humanos poseemos. Él murió en 1924. Yo nací en 1940. Sin embargo me vino a visitar hace menos de veinte minutos. No joven, no se ría. Yo no creo en fantasmas pero estoy seguro que la memoria es algo vivo. Desde ahí salió al que conozco en varias fotografías: alto, robusto, con una tupida barba negra y un gran bigote que mal cubre su sonrisa. ‘Mi riqueza la hice chingando a muchos campesinos’ me dijo. ‘Además de los quince hijos que tuve con tu abuela engendré otros de los que no hay registro. Fui dueño de un latifundio. Tu madre toda su vida me creyó un latifundista bueno, porque fui bueno con ella, más o menos’, añadió satisfecho. ‘Todo eso ya lo sé, abuelo’ le respondí ‘y no reniego de ti aunque hace mucho me haya pasado al bando de los que chingaste. A ti no te escogí,  pero te respeto por ser uno de mis antepasados. A mis compañeros de lucha por un mundo donde quepan muchos mundos sí los elegí yo. Si estás de acuerdo o no poco importa, es mi elección’. ‘Vas bien, nieto retobón, me gusta lo que haces’ dijo sonriendo y se desvaneció en la bruma de recuerdos más recientes. Me agradó su visita, aunque no me la esperaba.

El hombre abrió su periódico, La Jornada de hoy, y se puso a leer tranquilamente. Yo hice otro tanto.