Permiso para quejarse
They always say time changes things,
but you actually have to change them yourself.
Andy Warhol
No es un secreto para mí misma que, en contados minutos del día –ajustados entre que caigo dormida y los que me busco dar en la mañana, justo al despertar con el típico “cinco minutos más”- me siento yo misma: tranquila, segura, acogida y en control de mi vida y el mundo que me rodea. ¿Te suena conocido?
En cuanto salgo de la cama, comienzan los malabarismos: hija que se va a la escuela, fuga de agua, café, arreglarme, checar twitter, las tres cuentas de email, la página en Facebook del trabajo y, claro, los asuntos caseros cotidianos.
Sé que tengo una vida repleta de bendiciones (y, Dios/Universo/Destino, ¡la agradezco profundamente!). Solo que, de vez en mucho, me siento sobrepasada por la cantidad de pelotas en el aire, y metafóricamente hablando, ya no meto sólo las manos para mantenerlas girando, sino el pie, la cabeza, la cadera y hasta la nariz. El resultado: agotamiento, cuerpo dolorido – literal y figuradamente- y algunas veces el dulce sabor del éxito por haber cumplido con todo, y otras, la amarga sensación de frustración por el fracaso. La dignidad, según creo, reside en no regodearse por mucho tiempo en ninguna de las dos emociones, so pena de terminar no aguantándonos ni nosotras mismas.
Yo sé que no soy la única que tiene estas subidas y bajadas de ánimo, en este circo de tantas pistas que llamamos vida. Pero resulta que hasta los payasos descansan de su número feliz. Y si alguien de los pocos con quien siento confianza, me pregunta acerca de cómo estoy, me suele dar un ataque de honestidad, y sin muchos rodeos, le cuento los pormenores de mis dolencias y maledicencias. El resultado suele ser mixto; supongo que también, dependiendo de cómo le esté yendo a la persona a quien le cuente mis cuitas, es su reacción: algunos días recibo apapachos y muestras de solidaridad, y otros, severos comentarios por mi falta de gratitud y tendencia negativa. “Tú creas tu realidad”, me han dicho.
Ya pasé del infantil miedo al infierno dantesco, al casi existencialista estrés causado por la responsabilidad completa de crear mis tragedias y comedias. Saber un poco sobre la Ley de la Atracción –la que parece funcionar, creamos o no en ella- mantiene a raya mis quejas, me recuerda contar mis bendiciones y cuidar mis pensamientos. ¡Pero cómo me tensa estar al pendiente de todos los hilos mentales que muevo, convirtiéndolos en mi destino!
Entonces, he aquí mi conclusión: En la vida hay lecciones que, por la naturaleza humana que (¡ash!) tiende a aprender más de los trancazos que de las dulzuras, nos retan en diferentes presentaciones. De todas se debe aprender (y mientras más rápido, mejor), pero lo que varía es la forma de aprender. Hay quien se cae, se levanta, se sacude y ni siquiera voltea atrás; existe también quien regresa el golpe, preparado para esquivar el siguiente. Yo soy de las que necesita verbalizar lo que le ha sucedido: el hablarlo o escribirlo me permite ponerlo en perspectiva, reconocer mis sentimientos al respecto y, más pronto que tarde, poner en acción un plan alterno de contingencia, al tiempo que decido cómo evitar caer en una situación similar la siguiente vez que esté cercana a esa persona o experiencia. Huirle al dolor negándolo, es como esconder el desorden de la habitación bajo la alfombra.
Lo sé, para eso se le paga a un psicólogo. Y sí, también sé que para eso están los amigos y la gente que nos ama, aunque a veces el reclamo que hacen de que nos estamos quejando sea, a su vez, una queja también.
De una u otra manera, todos queremos tener permiso para quejarnos, no como deporte en el que seamos expertos –para nada busco hacer una apología de vampiros energéticos, de los quejosos profesionales-, sino como manera de reconocer los retos y las emociones que estos provocan; para recibir de quien realmente nos importa, su opinión, porras, validación, consejos. Mirarnos en el espejo que se vuelve el otro y apreciar lo que a veces no tenemos claro de nosotros mismos.
Ante la humillación del fracaso, el dolor que causa la frustración y el camino que lleva a la humildad para aprender la lección, no me dejes perder la dignidad, pero respeta mi instinto de quejarme un poquito. Si es contigo, es porque sé que me quieres.
