Posterous theme by Cory Watilo
Palabreros

Permiso para quejarse

Publicado en Dadá Magazine, No. 2, septiembre 2011.

They always say time changes things,

 but you actually have to change them yourself.

Andy Warhol


No es un secreto para mí misma que, en contados minutos del día –ajustados entre que caigo dormida y los que me busco dar en la mañana, justo al despertar con el típico “cinco minutos más”- me siento yo misma: tranquila, segura, acogida y en control de mi vida y el mundo que me rodea.  ¿Te suena conocido?


En cuanto salgo de la cama, comienzan los malabarismos: hija que se va a la escuela, fuga de agua, café, arreglarme, checar twitter, las tres cuentas de email, la página en Facebook del trabajo y, claro, los asuntos caseros cotidianos.

Sé que tengo una vida repleta de bendiciones (y, Dios/Universo/Destino, ¡la agradezco profundamente!). Solo que, de vez en mucho, me siento sobrepasada por la cantidad de pelotas en el aire, y metafóricamente hablando, ya no meto sólo las manos para mantenerlas girando, sino el pie, la cabeza, la cadera y hasta la nariz. El resultado: agotamiento, cuerpo dolorido – literal y figuradamente- y algunas veces el dulce sabor del éxito por haber cumplido con todo, y otras, la amarga sensación de frustración por el fracaso. La dignidad, según creo, reside en no regodearse por mucho tiempo en ninguna de las dos emociones, so pena de terminar no aguantándonos ni nosotras mismas.


Yo sé que no soy la única que tiene estas subidas y bajadas de ánimo, en este circo de tantas pistas que llamamos vida. Pero resulta que hasta los payasos descansan de su número feliz. Y si alguien de los pocos con quien siento confianza, me pregunta acerca de cómo estoy, me suele dar un ataque de honestidad, y sin muchos rodeos, le cuento los pormenores de mis dolencias y maledicencias. El resultado suele ser mixto; supongo que también, dependiendo de cómo le esté yendo a la persona a quien le cuente mis cuitas, es su reacción: algunos días recibo apapachos y muestras de solidaridad, y otros, severos comentarios por mi falta de gratitud y tendencia negativa. “Tú creas tu realidad”, me han dicho.

Ya pasé del infantil miedo al infierno dantesco, al casi existencialista estrés causado por la responsabilidad completa de crear mis tragedias y comedias. Saber un poco sobre la Ley de la Atracción –la que parece funcionar, creamos o no en ella- mantiene a raya mis quejas, me recuerda contar mis bendiciones y cuidar mis pensamientos. ¡Pero cómo me tensa estar al pendiente de todos los hilos mentales que muevo, convirtiéndolos en mi destino!


Entonces, he aquí mi conclusión: En la vida hay lecciones que, por la naturaleza humana que (¡ash!) tiende a aprender más de los trancazos que de las dulzuras, nos retan en diferentes presentaciones. De todas se debe aprender (y mientras más rápido, mejor), pero lo que varía es la forma de aprender. Hay quien se cae, se levanta, se sacude y ni siquiera voltea atrás; existe también quien regresa el golpe, preparado para esquivar el siguiente. Yo soy de las que necesita verbalizar lo que le ha sucedido: el hablarlo o escribirlo me permite ponerlo en perspectiva, reconocer mis sentimientos al respecto y, más pronto que tarde, poner en acción un plan alterno de contingencia, al tiempo que decido cómo evitar caer en una situación similar la siguiente vez que esté cercana a esa persona o experiencia. Huirle al dolor negándolo, es como esconder el desorden de la habitación bajo la alfombra.


Lo sé, para eso se le paga a un psicólogo. Y sí, también sé que para eso están los amigos y la gente que nos ama, aunque a veces el reclamo que hacen de que nos estamos quejando sea, a su vez, una queja también.


De una u otra manera, todos queremos tener permiso para quejarnos, no como deporte en el que seamos expertos –para nada busco hacer una apología de vampiros energéticos, de los quejosos profesionales-, sino como manera de reconocer los retos y las emociones que estos provocan; para recibir de quien realmente nos importa, su opinión, porras, validación, consejos. Mirarnos en el espejo que se vuelve el otro y apreciar lo que a veces no tenemos claro de nosotros mismos.

Ante la humillación del fracaso, el dolor que causa la frustración y el camino que lleva a la humildad para aprender la lección, no me dejes perder la dignidad, pero respeta mi instinto de quejarme un poquito. Si es contigo, es porque sé que me quieres.

 

Analogías

Flamenco

¿Espacio? Es la lucha última del ser humano: las más terribles guerras se han gestado por razones de espacio geográfico, y las más grandes torturas tienen que ver con saber que alguien ocupa un espacio -emocional, espiritual, físico o todas las anteriores- que el otro desea.

Eso. Desear. Espacio. Aunque sea de un punto y seguido. Aunque mejor si es el de un punto y aparte.

El de las comas es de broma y el punto y coma apenas deja recuperar el aliento.

Desear. Espacio.

Como de un párrafo completo, con su doble "enter". El de la lectura que queda señalada con un doblez de la página y puede retomarse en una oportunidad siguiente.

Espacio. 

El de un suspiro por tu ausencia.

A la altura de la Luna

Prespacio

Me tomo casi cuarenta años...

Pero aquí estoy flotando.

Admirando la inmensidad azul...

Viendo por fin el todo.

Me parece tan grande...

Pero a la misma vez tan pequeño. 

Veo como todo encaja a la perfección. Veo que no importa lo mucho que insistimos en que el mundo se está jodiendo, el mundo sigue estando perfecto.  Trato de ver si veo a algún conocido desde mi orbita. Pero me topo que eso es más difícil que tratar de ver, desde un piso cien, hormigas.

Y me acuerdo de ti, diciéndome: “Chulin, la luna, la luna”

Y como desde ese momento mi aventura espacial comenzó a tomar vuelo.

Soñaba con visitar la Luna, Marte y otros mundos.

Pero un día alguien me dijo que era malo en las matemáticas y mis sueños de ser astronauta comenzaron a apagarse...

Como una enana blanca después de haber gastado todo su combustible.

Años después la mentira matemática fue expuesta, y mi ineptitud en esa ciencia fue develada como un simple y llano bloqueo mental producto de creer en una mentira.

Pero ya era tarde para cumplir ese primer sueño de la niñez.

Ya me había embarcado en otra aventura.

Pero parece ser que esa imagen que tuve en la niñez, flotando sobre el planeta, se negó a morir. Se negó a morir a pesar de las veinte mil volteretas que da la vida.

Sucede que a veces las imagenes que enviamos al espacio se pierden.Pero no porque se pierden dejan de existir. Hasta que tarde o temprano regresan a nosotros materializadas en realidades.

25 millones de dólares más tarde y gracias a un empresario visionario cumplo mi sueño.

Los transbordadores espaciales habrán desparecido...

Pero no el deseo de llegar lejos.

Hoy dia ya no hace falta ser un astronauta

Hoy gracias a mi insolita fe veo un sueño olvidado materializarse.

A la altura de la luna.

 

Desde el espacio

Bogador y caminante

Mi gran amigo y compañero de infancia, Juan González Hernández, mexicano desde siempre, qué duda cabe, desde mucho antes de nacer, antes incluso del momento en que alguno de sus antepasados indígena se convirtió al cristianismo en la Nueva España y fue bautizado bajo el padrinazgo de un peninsular de apellido González, logró plaza de astronauta en la Unión Europea. Buscó trabajar en el acelerador de hadrones de la misma y al no lograr ahí trabajo de científico, que sí lo es y de los grandes, buscó chamba en la agencia espacial europea y en estos días anda en el espacio exterior, mientras en tierra se discute si a la estación orbital se le deja sin inquilinos.

Como Juan es buen amigo y no olvida a sus compinches de infancia y adolescencia me envió un correo electrónico que leí hace unos minutos. En esencia dice: “Saludos desde el espacio, bogador y caminante. Desde acá te contemplo, cómplice de tu quehacer terrestre.”

He estado pensando cómo contestarle y me imagino qué le diría si acaso algún día los descendientes de quienes lo apadrinaron en su bautismo lograran colocar a Juan en el planeta Marte, o en otro lugar igual o más lejano; he concluido lo siguiente: Si él con toda verdad Juan puede decirme que me contempla desde el espacio, a mí me asiste la razón si le contesto igual: “Yo también desde el espacio te contemplo”, porque, al fin de cuentas, tan lejos estará él de mi como yo de él.

Los dejo a ustedes para contestarle a mi carnal su correo electrónico.